viernes, 19 de agosto de 2022

Las Sombras Por : Alfredo J. M. Carballeda Capítulos 8 y 9

 

Un encuentro.
6 de Noviembre de 1955.
"Entonces hubo dedos color de reloj
y un perfume de llantos antiguos en la ropa vetusta".
Leopoldo Marechal
P está sentado en la mesa que da a la ventana. Mueve nervioso el pocillo de café. El Bar de nuestra adolescencia parece una foto en blanco y negro. La luz que entra por la ventana rebota en las mesas que dan a la calle y rebota en el mostrador. Esa luminosidad construye una armonía que evoca una música triste que logra detener los movimientos de una manera extraña, abriendo puertas para que aparezcan fantasmas en cámara lenta. Los veo. Somos nosotros hace diez años, sentados en una mesa, hablando de política. Se escucha una música de tango que sale de la radio. Hace calor. La ventana está abierta, por ahí entra una leve brisa desde la calle que se siente desde la puerta. Discutimos sobre cómo mejorar y nos reímos de las ocurrencias del General. Cuando llego, ingreso de golpe en el presente con todas sus angustias. P mira hacia abajo, como si no me conociera. Antes de sentarme, me acerco a la barra. Trato de ver si José, el gallego, está en el Bar. Desde el fondo del patio, donde se apilan las botellas vacías recibo su mirada. Ni una sola palabra. Puedo ver cómo le tiemblan las manos mientras acomoda los cajones de bebidas. En sus ojos hay una muestra de temor y aprobación. Se acerca. Instintivamente pongo una mano en el bolsillo del saco donde llevo el revólver. Moviendo la cabeza me señala a P No entiendo que es lo que quiere decirme. ¿Es, acaso, un mensaje de que está todo bien? Entiendo ahora que esa forma de mirar la aprendió los años posteriores a la Guerra Civil en España. Me parece que ahora empiezo a entender las historias que contaba cuando empecé a ir al bar. Nos reíamos de sus cuentos y le creíamos poco. Camino hacia la mesa donde P acorrala su pocillo de café con la mirada. Me siento despacio, mi mano, muy húmeda, sigue aferrada al revólver. P me mira por primera vez a los ojos. Desliza rápidamente algo sobre la mesa, parece un truco de magia. Deja un papel. Lo tomo con mi mano izquierda, mecánicamente lo pongo en el bolsillo izquierdo del saco. No entiendo. Baja la mirada y en forma muy lenta y clara me dice:
- Lo hacemos. Pasame el texto. En cuarenta y ocho horas tenés que retirarla por la dirección que te acabo de dar. Podemos hacer dos mil. Por la plata no te preocupes. Negro, eso sí, es la última vez. Sabemos que nos pueden estar vigilando, ya hay dos compañeros que dejaron de venir a las reuniones.
Por la ventana veo llegar un auto. Se detiene y estaciona en la puerta del Bar. Bajan cuatro hombres jóvenes armados, gritan:
-¡Viva la Revolución Libertadora!
El grito como fue un golpe doloroso. Lo sentí en la boca del estómago. Miré a P Por su mejilla empezaba a correr una lágrima. Cuando se dio cuenta, se secó agarrando una servilleta y me sonrió.
Directamente se dirigieron al fondo del Bar. Sacaron sus armas y le apuntaron a una pareja que estaba en un rincón. Los dos se pararon sin resistencia. Con P. nos miramos sin saber qué hacer. No los conozco. No son del barrio. Cuando salen pasan al lado nuestro. La mujer deja caer un papel. Lo tapo con el pie. Esperamos que el auto se vaya. Busco el papel. Tiene un número de teléfono. Nos serenamos. P Sale primero. Me dan ganas de quedarme a tomarme un café. El Gallego desde la barra, me hace señas con el brazo para que me vaya.
Capítulo 9
Alivio y temor
6 de Noviembre de 1955
Salgo apurado del Bar. Trato de tranquilizarme. La mano derecha sigue húmeda apretando el 38, me parece que la tengo acalambrada. P se quedó con el papel que levanté del piso, comprometiéndose a hacer el llamado telefónico.
Camino por la avenida Nazca hacia Rivadavia, tengo que pasar por el Bar “La Perla de Flores”, ahí está quien hace de “control”, ese es el nombre que inventamos para esa tarea, al verme, se enterará que las cosas marcharon bien y hará la llamada telefónica correspondiente.
La calle no muestra, a simple vista, la existencia de los espectros del pasado y las preocupaciones que nos atraviesan como país. Es un día de noviembre como cualquier otro, avisando lentamente desde la luminosidad reflejada en los adoquines y el verde de los árboles que el verano se viene. La avenida Rivadavia está bella como un patio en primavera, como el patio de mi casa en mi infancia en la calle Martínez Castro. La belleza y lo siniestro conviven desde siempre. A veces en mundos separados, otras en un mismo espacio y tiempo. De apoco nos vamos acostumbrando a convivir con el terror, se entromete en nuestras vidas, como, pienso que pasa en las guerras, donde el sol no logra ser ocultado por las bombas de los aviones. No sé si realmente estoy contando todo esto como producto de un sueño. El contacto J, está sentado en la mesa correspondiente, apoyado en la ventana que da a la calle Rivera Indarte. Nos miramos, bajo la cabeza y sigo caminando. Me quedo con ganas de entrar, en ese lugar transcurrió mi adolescencia y parte de mi juventud. Desde septiembre lo sueño, se me aparece todas las noches invitándome a volver. A sentarme en alguna de sus mesas, discutir de la vida, la política, los libros. La posibilidad de encontrarme con E. y tomarle la mano en el “reservado” mientras le leo un poema de pablo Neruda. Allí tomé mi primer café con ella. En el “reservado”, tuve la intimidad que me permitió hablar de amor. Debo resignarme en que, seguramente va a pasar tiempo para que vuelva allí, aunque me quedan los sueños y en ellos, sus mesas vuelven a relucir con su particular olor a suela, alcohol y madera.
Hoy por mi seguridad y la de mis compañeros, no puedo entrar, me avisaron que los comandos civiles tienen el dato de que puedo estar en algún momento del día allí. No entiendo cómo, se enteraron, quizás alguien me delató o ya nos estaban vigilando desde antes de la Revolución de Septiembre. Decido ir caminando a la casa de mis viejos en la calle Asturias . Esa casa mitad habitación mitad fábrica nunca la van a encontrar…igual ahí no me quedo por lo que podría pasarle a mis viejos. Necesito un tazón de café con leche servido por mi madre en la diminuta cocina de la casa, mientras mi viejo va y viene del taller a tomarse unos mates. Sé que tienen miedo, también que necesitan, aunque sea, verme. Doy vueltas por si me están siguiendo, de paso recorro el barrio, veo lugares donde podríamos hacer alguna pintada y distribuir la próxima proclama. Esta noche seguramente podremos definir qué hacemos. No sé si volver a casa. La llamé a (E) simulando ser empleado de una inmobiliaria y en clave le pasé mis dudas. Se me ocurrió pensar que, si vuelvo entro por el techo de la casa de Isabel , tal vez no haya peligro. Ella y Héctor hicieron una copia de la llave y la dejaron en el lugar acordado.

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