martes, 30 de junio de 2020

Una Historia en el Café Tortoni de Buenos Aires

La historia es más o menos así.En la llamada "Década Infame". Los opositores al régimen conservador que se había instalado luego del Golpe de Estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen, solían reunirse en el Café Tortoni de Buenos Aires. Allí se discutía de política y distintos dirigentes ocupaban sus mesas de manera ordenada, cada espacio político teía informalmente su lugar. Cada tanto la policía llevaba a algunos políticos presos como una forma de coersión . Los FORJISTAS ocupaban una de las mesas más importantes y concurridas. También había socialistas, de ses grupo, el que más concurría era Alfredo Palacios. Un día, en una de esas redadas , el comisario que estaba a cargo del operativo dispuso que fuesen detenidos todos los que ocupaban la mesa de los FORJISTAS. Desde otra punta del Café, Alfredo Palacios a los gritos. le dijo al comisario: " Si se lleva a los radicales lléveme también a mi" . El comisario, asombrado lo miró y le dijo: Estimado Palacios; vuelva el Martes , hoy es Jueves y los jueves llevo a los radicales, los martes llevo a los boludos.

domingo, 21 de junio de 2020

Una historia en Buenos Aires

La historia es más o menos así: En los años setenta Vargas Llosa visitó y entrevistó a Borges en el departamento donde éste vivía , cerca de la Calle Florida. El primer comentario que vargas Llosa le hace es:  ¿cómo puede un escritor de la categoría internacional que usted tiene vivir en un espacio tan reducido y austero?. Borges le contestó que un caballero argentino, no necesita de una vivienda para demostrar quien es, e inmediatamente lo invitó a que se retire. Al día siguiente un periodista le pregunta como había sido la entrevista con Vargas Llosa. La respuesta de Borges fué, si, si...ayer me vino a ver un muchacho peruano, creo que trabaja en una inmobiliaria. 
Incluirá esta entrevista en su libro el muchacho peruano?

miércoles, 17 de junio de 2020

Modernidad, Estado, Sociedad. Una mirada desde el Trabajo Social.



Por: Alfredo Juan Manuel Carballeda
1 ¿Qué entendemos por Modernidad?
La noción de Modernidad se  presenta como una de las vías de entrada  más interesantes para  introducirnos en los orígenes de las prácticas, instituciones y  las políticas públicas tal como las conocemos ahora. A su vez desde allí es posible también acceder a  las modalidades de comprender y explicar los problemas sociales y la forma de intervenir sobre éstos en diferentes momentos históricos.
 El Trabajo Social,  es una práctica que se construye en el contexto de la Modernidad al igual que, la Psicología, la Medicina o la Pedagogía. Es en ese escenario donde podemos encontrarnos con algunos de los primeros rasgos de la intervención social, todavía precarios, primarios, pero atravesados por una concepción  de intervención que es  moderna porque indica básicamente la idea de transformar el medio, transformar al Otro, prometerle una forma de emancipación que lo hará “progresar”. Es decir,  ingresarlo en la Modernidad, hacerlo parte de la racionalidad Moderna a cualquier precio. Porque la Modernidad como práctica significa fundamentalmente transformación.
Estos temas atraviesan diferentes teorías sociales, por ejemplo para Max Weber lo moderno se construye desde  una imagen del mundo que se expresa en el  individuo  y desde allí los  valores que sustentan su acción, su racionalidad y su estructuración de la vida cotidiana
¿Qué podemos  entender por modernidad? en general, en nuestro lenguaje cotidiano utilizamos la palabra moderno para referirnos a algo nuevo, avanzado, distinto, pero, especialmente, superior en sus atributos tecnológicos, estéticos o culturales a algo semejante pero anterior en una  línea de tiempo o devenir histórico.
Esa utilización del término, no se aleja mucho de diferentes enunciaciones que nos llegan del campo de la Filosofía o las Ciencias  Sociales. Desde allí  que  existen diferentes formas de conceptualizar a  la Modernidad, en nuestro caso tomamos la definición que utiliza Jürgen Habermas  quien plantea que: “Lo moderno expresa la conciencia de una época que se relaciona con el pasado, considerándose a sí misma como el resultado de la transición de lo antiguo a lo nuevo”. Esta manera de definir  la Modernidad nos parece interesante dado que le confiere movilidad al término y aporta a la explicación de características, transformaciones, contradicciones que son inherentes a esa “conciencia de época”.  Adecuándose a las diferentes representaciones de los problemas sociales y a las maneras de actuar sobre ellos. La noción de “transición de lo antiguo a lo nuevo”  implica, entender siempre a lo nuevo (desde la perspectiva moderna) como algo que mejora lo antiguo, lo culmina, lo deja atrás, es superior. Así, la Modernidad se relaciona con la  idea de “movimiento”  (transición) que nuevamente es entendido como superador. A partir de la Modernidad, las ideas de historia, cultura, sociedad, comienzan a moverse en una transición hacia el porvenir, entendiéndolo como algo mejor, solo por estar más adelante en la secuencia cronológica del tiempo.
 De este modo el pasado, incluso lo que la Modernidad considera “pasado”, connota como algo negativo o, por lo menos retrasado y con menor posibilidad de aporte al presente. Así, por ejemplo, para el pensamiento Moderno, la América conquistada, los pueblos originarios, las pautas culturales de diferentes sectores de la población al estar fuera de la lógica Europea Occidental van a ser visibilizados como algo atrasado, salvaje, bárbaro que puede ser “mejorado”, “modernizado” a través de intervenciones de todo tipo.
 Muchas veces la conquista y la colonización han sido justificadas desde esos parámetros modernos como una forma de mejorar, modernizar aquello que se encuentra fuera de ella a través de  promesas de emancipación o libertad.
2- Las Dimensiones de la Modernidad
En general desde el Trabajo Social, especialmente para comprender y explicar, escenarios de intervención, construcción de problemas sociales, marcos teóricos, concepciones de sujeto y formas de intervenir socialmente, estudiar las diferentes dimensiones de la modernidad, aporta elementos de análisis, puntos de partida y llegada, pero fundamentalmente una forma de comprender la sociedad desde esta disciplina. De ahí que  entendemos como significativas las siguientes dimensiones de la Modernidad. Por un lado la Dimensión Social, desde la Modernidad surge la idea de sociedad que tenemos en la actualidad. Es decir una Sociedad conformada por individuos. Desde, el reconocimiento necesario de una nueva forma de individualidad que comienza a alejarse de la religión y va a construir las ideas modernas de Individuo y de Sociedad, generándose desde lo conceptual una separación entre ambas esferas.
De allí surgirá la noción de autonomía. La Sociedad Moderna será entonces será un conglomerado de individuos racionales que pactan entre sí una determinada forma de convivencia y que interrelacionan en un contexto compartido que otorga identidad y sentido de pertenencia.
A partir de estas nuevas conformaciones de lo social, surgen otras representaciones de lo que denominamos problemas sociales. La integración de lo que denominamos sociedad, su cohesión, a partir de la modernidad dependerá de los individuos y no de los dioses, como en la Antigüedad o en la Edad Media. La tensión entre integración y desintegración surge con la Modernidad. De ahí que las prácticas modernas puedan ser entendidas a partir de un fin último: resolver la problemática de la integración, tanto desde lo macro social, como desde lo micro. Tanto se intervendrá en diferentes épocas, para concretar esta nueva idea de sociedad como, para lograr que determinados individuos se integren a ella.
La dimensión Política de la Modernidad, se suele vincular con el surgimiento de los Estados Nación. Es posible ubicarlos históricamente a partir de las Ciudades Estado del norte de Italia en el período del Renacimiento luego de ellas, se conformaron los Estados (Reinos) abarcando enormes extensiones de tierra.  Las Ciudades Estado, van perdiendo peso político y económico durante el siglo XV y paulatinamente, casi todas, serán absorbidas por los Estados Monárquicos. Los estados europeos crecieron dentro del marco de la Modernidad y se fueron fortaleciendo al fin de la Edad Media y especialmente a partir de la Modernidad  naciente  en el transcurso del siglo XIV cuando  aumenta el poder de los reyes como representantes de gobiernos centralizados por encima de los Señores Feudales. De este modo surgen los estados europeos que se caracterizaban por poseer un gobierno central fuerte, capaz de imponer su autoridad sobre grandes extensiones de territorio. De este modo surgen con creciente importancia los reinos de España, Inglaterra, Francia y Portugal, enfrentándose al modelo de Estado de las ciudades-estado italianas. En el caso de España, el final del siglo XIV, trae en 1492 el inicio de la Conquista de América, pero en el mismo período la unidad territorial de la Península Ibérica bajo el Reinado de Castilla, con un fuerte Estado Monárquico, trayendo como consecuencia una unidad lingüística (el castellano) que será la lengua de la conquista, no solo de América sino de toda España. 
 También en esta dimensión (Política) de la Modernidad es posible ubicar la noción de Ciudadanía.  Si bien es posible encontrar nociones de ciudadanía en Grecia, Esparta y Roma, la idea que nos interesa trabajar de ese concepto es la que surge en la Modernidad, en las Ciudades Estado y que luego se trasladará a los Estados Monárquicos. En las diferentes Ciudades Estado había criterios diversos para  obtener el estatus de ciudadano, lo que constituía un común denominador era que, para acceder a la ciudadanía había que ser propietario. Esta limitación es importante porque, al tiempo que define un “nosotros”: los ciudadanos. Pero al mismo tiempo define a un “otro”, quien, al no corresponder que sea parte de la sociedad tampoco tendrá voz.
Esta noción de ciudadanía nos parece relevante en tanto su relación con el Trabajo Social dado que desde ella se van construyendo diferentes puntos de conflicto  relacionados con las libertades, condiciones de vida, trabajo, y situación social que, en el Siglo XVIII se transforman en base de lucha revolucionaria y en el caso de América de constitución de las Independencias. Por ejemplo la Rebelión de Tupac Amaru (1780), se relacionó con muchas de esas cuestiones.  Al igual que la rebelión de Haití de fines del siglo XVIII y el reglamento de Artigas de principios de siglo XIX, la posición de Manuel Dorrego frente a la Constitución de Rivadavia, donde se propone una idea de ciudadanía, sin diferencias sociales ni raciales y define un nosotros que incluye a los no propietarios, los esclavos, los negros, los indios, los criollos, los mestizos y a gran parte de los blancos. Los últimos doscientos años de historia podrían interpretarse como una lucha por la expansión de dicha ciudadanía que a su vez, nos llega hoy ligada a derechos que, de modo explícito o implícito dialogan con las desigualdades sociales, la Justicia Social y los Derechos Humanos.
En el campo del Trabajo Social es frecuente que se relacione el papel y la intervención de  la disciplina con la noción de ciudadanía. Norberto Alayón, por ejemplo, plantea; “los derechos a la alimentación, a la salud, a la educación, a la vivienda, entre los más importantes, deben ser considerados como bienes públicos que se deben garantizar al conjunto de la población por su mera condición ciudadana“ . Si bien otros autores de esta disciplina como Alejandra B. Facciuto, plantean que esta visión ha sido ya superada  “Si bien en una época hablar desde el concepto de ciudadanía fue un avance en materia de acción social y de política social, se considera que ahora corresponde hablar y trabajar desde un enfoque de derechos, ir más allá y tomar este concepto como forma de intervención, el cual es más abarcativo y en su seno está contemplado el concepto de ciudadano; en el primero está inmerso el segundo” .
Más allá de las diferentes posiciones frente al tema, la noción de ciudadanía que atraviesa el campo del Trabajo Social es la que se construye en el marco de la Modernidad. Esta va acompañada por la idea de Libertad, esta se define, en líneas generales  negativamente; no vínculo, no atadura, la auto legislación limita a la libertad, libertad de conciencia, religiosa, económica, de mercado, política, jurídica, individuo libre que pacta con los demás.
Otra dimensión relevante de la Modernidad, es la Económica. Las nociones de Capitalismo, Propiedad Privada, Acumulación, Eficacia, se configuran desde una perspectiva moderna, presentándose como un momento económico diferente y superador del que se tenía antes de ese período. Confiriéndole, de esta manera, al Capitalismo características generales afines a la Modernidad como: posibilidad de transformación, progreso y como una forma económica necesaria para construir un porvenir venturoso.
 El Capitalismo como sistema económico, aparece en ese contexto como sustitución del feudalismo, asociado al orden medieval a partir de un crecimiento permanente del comercio, de ahí la denominación de Capitalismo Mercantil. Ese impulso hacia el comercio y el intercambio fue  motorizado por las Cruzadas que se organizaron en Europa occidental desde el  siglo XI hasta el siglo XIII. Las travesías de aventureros y expediciones de contrabandistas de los siglos XV y XVI reforzaron estas tendencias y fomentaron el comercio entre Asia y Europa. Luego de la conquista de América, el ingreso a Europa de inmensas cantidades de metales preciosos provenientes de estas tierras, el capitalismo se solidificó y creó las bases económicas y recursos para la Revolución Industrial. El orden económico resultante de estos acontecimientos, en los inicios de la Modernidad, fue un sistema en el que predominaba lo comercial o mercantil, es decir, cuyo objetivo principal consistía en intercambiar bienes y no en producirlos. La producción será sinónimo de ésta a partir del siglo XIX con la Revolución Industrial.
La Dimensión científica y cultural de la Modernidad. En este aspecto, lo que sobresale es, la Autonomía del conocimiento, este, deja de depender de lo religioso o lo místico. El conocimiento se apoya en una nueva forma de saber que se construye  a través de la racionalidad Moderna saliéndose de la dependencia de la religión. La Modernidad separa en forma tajante, conocimiento y fe, generando las bases del método científico y la idea de ciencia que manejamos en la actualidad. Este es un proceso lento, que lleva siglos y diferentes formas de transición en distintos campos. Por otra parte, esta nueva forma de entender el conocimiento, ahora con capacidad de construir su autonomía derivó en una gran especialización y separación de éste en diferentes y complejas esferas. La aparición de saberes expertos, sistemáticos y especializados, conlleva al desarrollo de nuevas y más formas de la metodología, tanto para conocer como para intervenir en lo social. La Idea de Progreso Indefinido como valoración positiva de transformaciones y cambios atraviesa las diferentes formas de conocer, ahora desligadas de las ataduras de la religión, construyendo su propia ética, en la perspectiva de mejorar las condiciones de la Humanidad. La Modernidad implica un nuevo Reino, ahora: el de la Razón moderna. Así, por ejemplo, la historia, es la historia de la razón. Desde estas nuevas formas de saber, el mudo es un objeto de conocimiento y transformación permanente en todos sus aspectos. Lo social, también va  a estar influido por esas circunstancias, las formas de sociabilidad, el lazo social, las sociedades, los problemas sociales, la pobreza; serán objeto de investigación. La noción de desigualdad se presenta ahora en clave Moderna y es Juan J. Rousseau quien en su “Segundo Discurso Acerca de la Desigualdad”, dirá que la Sociedad genera desigualdad.
Durante los inicios de la Modernidad, especialmente durante el período Ilustrado, comienzan a construirse, también desde una óptica y lógica asociada a la racionalidad Moderna las primeras Instituciones de Intervención Social en el Virreinato del Río de la Plata. La Hermandad de la Santa Caridad , La Casa de Niños Expósitos , la Sociedad de Beneficencia , dan cuenta de una forma Moderna e Ilustrada de comprender los problemas sociales e intervenir sobre éstos.
3- Algunas Concepciones de Estado en relación con el Trabajo Social desde una mirada Americana.
Los Trabajadores Sociales desarrollamos gran parte de nuestra actividad dentro de instituciones estatales. Las posiciones que nuestra disciplina tiene con respecto al Estado es variada y compleja, existen diferentes autores y posturas frente a este tema.
Desde nuestra perspectiva, es posible ubicar la mirada hacia el  Estado desde  dos planos, en principio la singularidad que adquieren los Estados en América Latina y por otro lado, la relación entre el Estado y la Intervención del Trabajo Social. En este aspecto creemos que es sugerente el aporte de Álvaro García Linera, ya que, desde nuestro punto de vista aporta conceptualizaciones útiles en ambas direcciones .
De esta forma, es posible reconocer cuatro aspectos relevantes que marcan la singularidad de éste. Por un lado su Institucionalidad, el Estado es Institución y, a su vez una sumatoria de diferentes Instituciones desde donde por ejemplo se llevan adelante Políticas Sociales e intervenciones del Trabajo Social, es decir en este aspecto, el Estado es algo tangible, visible, material. Pero, por otra parte, el Estado también es producto de imaginarios, representaciones sociales, interpretaciones y construcciones discursivas, es decir que como plantea el autor mencionado es creencia, o sea que también está conformado por su parte ideal. Hasta aquí tendríamos dos dimensiones relevantes: Materialidad y Creencia. Ambas dialogan y se relacionan con la intervención del Trabajo Social desde diferentes aspectos, por ejemplo la representación social que una persona tenga de la Institución Estatal a la que concurre desde una demanda de intervención social, está atravesada por la materialidad de esta y viceversa. En otras palabras, ambas cuestiones condicionan las características de la intervención de nuestra disciplina, le confieren dirección y sentido. Por ejemplo: una institución estatal puede ofrecer asistencia  a través por ejemplo de un programa de salud (materialidad). Pero al mismo tiempo puede expresar con su discurso oficial, con sus modos de ofrecerla, con la accesibilidad que provoca o la calidad de las mismas si ese ciudadano la merece o no (creencia).
Otro aspecto que resalta el autor mencionado es la posibilidad de entender al Estado como un lugar de puja de poderes, de correlación de fuerzas tanto desde la Sociedad hacia él, como los juegos de poder que se dan dentro de éste. Es decir que las instituciones donde se inserta el Trabajo Social, también están atravesadas por estas cuestiones, incluso, las representaciones de los problemas sociales o de los factores que construyen la demanda de la intervención también interactúan con esa dinámica. En la intervención del Trabajo Social, por ejemplo, dentro del campo de la Salud Mental, la nueva legislación vigente en nuestro país marca una serie de tensiones entre paradigmas que muchas veces se traducen hacia el  interior de los equipos de trabajo generando pujas y discusiones que se entrometen en las prácticas.
Por último el Estado es una compleja red de jerarquías en la conducción y control de las decisiones, donde actúa como monopolio de la fuerza, es decir está a la cabeza de la toma de decisiones y allí pone en juego su legitimidad.
En síntesis, el Estado como monopolio, como correlación de fuerzas, como idealidad, como materialidad, constituyen las cuatro dimensiones que caracterizan las formas del Estado que podemos observar en la actualidad en América Latina, esas cuatro dimensiones se entrecruzan en forma intensa y sugestiva con la práctica del Trabajo Social.
4- Lo Social del Trabajo Social, que entendemos por sociedad
La sociedad, como la conocemos hoy es un producto de la Modernidad, el concepto de sociedad se construye desde una idea de totalidad que depende de los sujetos (individuos) que la conforman, como tal reemplaza a la religión se sostiene a través del contrato, el lazo y la solidaridad. Desde el punto de vista del pensamiento latinoamericano, el concepto de sociedad tiene tres componentes básicos: la relación entre los grupos, clases o sectores; las identidades culturales que dan la pertenencia a un nosotros social y el carácter de las relaciones con otras sociedades.
También es posible pensar lo social en clave de Trabajo Social en tres dimensiones que interactúan y entrelazan; por un lado lo social en términos de intervención social se constituye a través de una trama de relaciones entre sujetos, grupos y organizaciones a través de lazos sociales con expresión en lo material y lo simbólico; en segundo lugar lo social remite a diferentes dimensiones de conflictividad, desigualdades y expresiones de la problemática de la integración de la sociedad y en tercer lugar; como un conjunto de dispositivos de protección social que intentan sostener la cohesión del todo.
Para el Trabajo Social, la dicotomía individuo sociedad, generada como problema filosófico en la Modernidad, se expresa de manera especial en la intervención, es allí donde ambas nociones se entrelazan y conjugan en síntesis singulares. Lo micro social, como espacio de acción del Trabajo Social facilita ese encuentro a partir de conferir al sujeto de intervención la noción histórico social, que lo contextualiza, lo ubica en un devenir histórico y lo relaciona con un relato colectivo. En términos de intervención del Trabajo social, se es en contexto. El sujeto de intervención es un ser social identificado, está situado, ubicado en un territorio, construido y contenido a través de lazos sociales. De modo tal que lo Social en clave de Trabajo Social, constituye un cuerpo complejo de definiciones, saberes y prácticas que se articulan en las circunstancias peculiares del proceso de intervención social.

martes, 16 de junio de 2020

El lenguaje de la guerra en la Pandemia

Por Alfredo Carballeda

“El único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el héroe individual, el héroe solo”.
Héctor Germán Oesterheld
La metáfora consiste en dar a una cosa el nombre de otra”.
Aristóteles






Desde el principio de la propagación de la enfermedad, el lenguaje de la guerra se apropió de la Pandemia y comenzó a otorgar una serie de significados al proceso que estamos viviendo: enemigo, guerra, armas, invasión, héroes. Se hicieron cotidianas las metáforas de la guerra asociadas con las enfermedades.
De esa forma, a través del lenguaje también se fue construyendo una comprensión y explicación que muchas veces pasa inadvertida y que lleva a una concepción punitiva de la enfermedad, es decir que se la relaciona con una especie de enemigo poderoso que, como un francotirador invisible, asecha y genera disrupciones que alteran nuestra vida cotidiana fundamentalmente al hacer responsable individualmente a cada víctima de lo que está ocurriendo, por descuidarse, abandonarse, no estar atento; descontextualizando, llevando muchas veces la explicación de su desarrollo u origen a la esfera de la conducta individual.
En esa forma de representación social de lo que está ocurriendo hay traidores, héroes, culpables, inocentes, amigos y enemigos; pero especialmente ese enemigo: el virus y también quien podría portarlo son percibidos como algo que nos acosa y ataca de manera individual. En esa forma de decir, no hay contexto, territorio, singularidad.
En otras palabras, el lenguaje de guerra puede impedir ver los innumerables condicionantes y circunstancias que atraviesan al todo social, que singularizan la enfermedad y especialmente la posibilidad de entenderla como un proceso, como una construcción permanenteen la que priman una serie de pujas que enfrentan a diferentes expresiones de intereses políticos, económicos y sociales.
En este caso, el discurso de la guerra es el que nos hace hablar de la lucha contra la enfermedad, contra una enfermedad que mata en un acto de guerra luego de invadir, atacar defensas y causar todo tipo de desórdenes.
De esta manera, la enfermedad es vista como un ejército de microorganismos extraños que vencen barreras, que derrotan individualidades. Así, en la construcción de una relación donde lo que sobresale es el binomio cuerpo - enfermedad, éste responde con sus propias defensas, que son casi inexorablemente vencidas desde lo individual. Entonces, en las metáforas de la pandemia, el Covid19 se combate desde la primera trinchera, desde las guardias, desde las diferentes líneas de defensa. Así, los que pelean son héroes aplaudidos y paradojalmente rechazados en la intimidad, en sus casas, en sus barrios, porque pueden transmitir individualmente la enfermedad.
De tal forma ahondan las crónicas belicistas que conllevan la idea de luchar desde el frente, atrincherarse, derrotar a un virus tremendamente contagioso e invisible. Las metáforas de la pandemia se vinculan con lo letal, no sólo en términos humanos sino también desde lo económico, lo societario.
Como en toda guerra, la degradación llega rápido, en este caso a los enfermos. Y la militarización del discurso construye una especie de épica que genera el malestar y el agobio de quienes padecen y combaten (Sontag, S: 1996).
La necesidad de solidaridad
La solidaridad hace fuerte al débil”.
Proverbio Aymara
Tal vez los tiempos que vivimos comiencen a marcar una época de responsabilidad y solidaridad, en la que intentemos involucrarnos en el cuidado de la sociedad, en la preocupación por el otro, sabiendo que estas circunstancias nos van a beneficiar colectivamente y también de manera individual. El Otro se va corriendo del lugar del enemigo, del rival, del competidor, a un espacio que el neoliberalismo le obligó a ocupar como disolvente de la sociedad, amenaza y competencia, especialmente en el juego siniestro de la meritocracia.
Sin Sociedad no hay solidaridad posible, sólo puede existir el uso publicitario de una ayuda caritativa en que las empresas recaudan para evadir impuestos o mejorar su imagen. En Argentina también, sin sociedad no hay solidaridad. Pero la sociedad y la solidaridad se difuminan sin un Estado que garantice derechos, un Estado que, además de la libertad y de la igualdad, fortalezca la fraternidad. Un Estado que elabore, junto con la Sociedad, políticas sociales orientadas a la integración e inclusión, educación, salud, mejora en las condiciones laborales y de seguridad.
¿Qué oculta el lenguaje de Guerra?
Tal vez oculta la explicación colectiva del dolor, del padecimiento, de la incertidumbre, del aislamiento; la imagen de cuerpos abandonados en las calles, de las fosas comunes; especialmente, la relación entre la Pandemia y la desigualdad, la imagen de múltiples cuerpos en fila ocupando pasillos de hospitales, las escenas del hacinamiento, del riesgo de estar encerrados cuando no hay condiciones para permanecer adentro de las casas.
El lenguaje de guerra no deja ver cómo la Pandemia se hace cuerpo, el momento en que cualquier sensación puede ser interpretada como signo de padecer o portar la enfermedad, una enfermedad que es negada desde lo social, desde la vulneración de derechos, que puede afectar no sólo porque puede matar sino porque reafirma la promesa de aislamiento, de separación, de soledad. Porque pone en pantallas la relación con los otros, las despedidas, la muerte, la percepción de estar enfermo y todo lo que ello conlleva. El dolor de saber que uno no puede cuidarse, de no llegar al refugio del aislamiento porque hay hambre, falta de agua o elementos de limpieza para poder cumplir con la recomendación que se hace desde la televisión, la radio y los afiches. El dolor y el horror de las violencias que ya estaban instaladas en las casas desde antes de la Pandemia, un horror que se incrementa en cada gesto, en la incertidumbre de la reacción, en el cuidado de las palabras para poder sobrevivir. El dolor ante fuerzas de seguridad que muchas veces se reiteran en la generación de inseguridad y violencia.
Objetivamente no estamos en guerra. Justamente, todo lo contrario. Para poder resolver el problema se requiere frenar la economía en vez de acelerarla y así evitar los contagios, facilitar que la población se resguarde y no hacer que se movilice hacia el “frente de batalla”; defender la Sociedad, la integración, el fortalecimiento de los lazos sociales. En definitiva, permitirnos pensar que el cuidado de la Sociedad es el cuidado de uno mismo, teniendo en cuenta que el cuidado es algo que se construye en forma permanente y se adapta a las diferentes circunstancias que van surgiendo.
No se trata de una guerra, siendo para muchos una tragedia. Las guerras son mucho más destructivas para los ganadores y los perdedores.
Es una situación impensada para la cual no estábamos preparados, una situación que en definitiva nos habla del inexorable retorno de lo social, de la otredad, de la cultura, que fueron despiadadamente enterrados durante décadas por la llamada economía de mercado o Neoliberalismo. Esa recuperación no debe tomarse como una victoria o una revancha de los años arrebatados por el neoliberalismo, sino simplemente como una necesidad.
Tal vez los discursos de la guerra se aproximen mucho más a la lógica de confrontación de todos contra todos que impone la Dictadura del Mercado que la realidad de una Pandemia que necesita de todos, fundamentalmente en clave de solidaridad y no de combate, marcando una época en la que el retorno de un Estado, por su presencia activa, empieza a dar señales concretas de responsabilidad, de volver a la Protección Social como hecho colectivo y representativo.
Se plantea la necesidad de un Estado que no actúe con una lógica de guerra, de conflicto, de enemigos metafóricamente construidos.
Bibliografía
- Sontag, Susan. "La enfermedad y sus metáforas". Editorial Taurus. Buenos Aires 1996.
Mayo de 2020

viernes, 29 de mayo de 2020

La intervención en lo social y el sentido

Del libro "La Intervención en lo social como proceso". Espacio Editorial
Alfredo Carballeda
La Intervención en lo Social durante las últimas décadas se construyó en sociedades fragmentadas, en territorios arrasados por la economía de mercado, en instituciones que no logran encontrar su sentido y perdieron su solidaridad entre sí. En definitiva sobre nuevos escenarios donde lo que sobresale son nuevas formas de expresión del padecimiento, desde la pérdida de espacios de socialización, hasta el malestar que produce no sentirse parte de un todo social.
Se interviene en lugares donde se fueron mutilando sistemáticamente infinidad de capacidades y habilidades, sencillamente por efecto de la desigualdad social, la injusticia y el hambre. En definitiva en nuevos escenarios de intervención, dentro de una sociedad atravesada por relaciones violentas, por el enfriamiento de los lazos sociales, la desconexión con los otros, con la historia, con la memoria colectiva. En otras palabras, desde la necesidad de una reparación del daño generado por décadas de injusticia y desigualdad.
En éstas últimas décadas América emerge como una singularidad que logra expresar otras formas de sociabilidad que emergen desde la historia, haciéndose visibles tal vez por la crudeza de la crisis, pero construyendo caminos nunca antes vistos que en muchos casos logran resolver la contradicción entre coerción y libertad que signó a las prácticas modernas. En América la cultura es historia, sociedad y presente, y desde ella se muestra la posibilidad de la construcción de prácticas que no prometen la emancipación, la ponen en acto sin la necesidad del disciplinamiento. Aquí la racionalidad se funda en la resistencia y la organización frente a la injusticia, a una cuestión social que se funda cuando llegan los conquistadores.
Teniendo en cuenta que el Trabajo Social es una disciplina clave en los procesos de intervención en lo social y se ha constituido en un dominio de saber que por su dirección histórica, ha estado comprometido con la defensa de los ideales democráticos, de libertad, de justicia social y por la defensa de los Derechos Humanos, se reafirman y construyen desde esta profesión nuevos compromisos, que van más allá de los enunciados y se relacionan con la interpelación al hacer. Surgen de este modo una serie de interrogantes hacia la práctica cotidiana, desde ¿cuál es su aporte a la soberanía popular?, ¿cómo se articula con lo económico, donde la producción se oriente hacia una justicia redistributiva?, ¿cómo desarrolla lo sociocultural, desde la recuperación de la identidad, la pertenencia, la inscripción - reinscripción y la socialización?, ¿desde donde recupera capacidades, habilidades: artísticas, tecnológicas, creativas y científicas?, o ¿ desde donde se relaciona con los recursos naturales y el medio ambiente?
Estas cuestiones implican una necesidad de la recuperación y construcción de una visión estratégica de la intervención en lo social. Es decir la definición clara de su sentido, dentro de las posibilidades y limitaciones que muestran sus contradicciones actuales y fundacionales. Pero en definitiva la intervención está atravesada por todas esas cuestiones, de allí que su ejercicio y estudio se presenten hoy como significativamente necesarios.
Trabajo Social e Intervención. Algunos caminos posibles.
Mirar al Trabajo Social desde lo que hace, implica una necesaria reflexión que se sale de los discursos ampulosos que se agotan en la denuncia de los “determinantes” sociales. Revisar lo que se hace da cuenta de que la intervención es posible aún dentro de sus contradicciones fundacionales y actuales. La intervención en definitiva, es lo que la gente que concurre a nuestros lugares de trabajo nos demanda.
La realidad de las desigualdades sociales y los nuevos padecimientos nos interpela día a día en nuestra práctica cotidiana, y desde allí creamos, construimos, resolvemos, compartimos y aprendemos con el otro, en un espacio de diálogo y encuentro entre el hacer donde tratamos de acompañar este proceso desde la reflexión.
El trabajo social desde la intervención, a partir su práctica, hace visible el padecimiento como expresión de la desigualdad social en los espacios de lo micro social. Construyendo desde allí nuevas formas de agenda pública. En definitiva la intervención en lo social se liga con el hacer ver, al otro, a la institución, a la sociedad la desigualdad y sus efectos.
El trabajo social desde la intervención está allí, en innumerables lugares, donde el desconcierto, las nuevas formas de subjetividad y el padecimiento se comparten con ese otro sufriente, en instituciones y espacios de intervención atravesados muchas veces por el sin sentido. De allí que la sola presencia de un trabajador social en un hospital, una escuela, un tribunal está diciendo que hay algo más que un cuerpo enfermo, un sistema educativo en crisis o una ley deslegitimada.
Es en estos escenarios de intervención complejos y turbulentos, donde se construyen las preguntas acerca del sentido de lo que el trabajo social hace resuenan con mayor fuerza y estruendo. Así la Intervención se torna en un lugar de construcción de nuevas preguntas, donde aquello que es construido desde la injusticia y la desigualdad puede ser desarmado, re hecho y básicamente transformado.
La intervención en lo social desde esa perspectiva implica una generación de acontecimiento, de instalación de un espacio (político) que interpela en forma intensa a la desigualdad, a la sin razón de ésta a sus justificativos, tanto desde los condicionantes sociales, económicos y políticos como desde la lógica del mercado transformado en Leviatán por el neoliberalismo.
La intervención en lo social desde esta perspectiva reconoce sus propias contradicciones fundacionales y se propone a la práctica cotidiana como posible lugar de puesta en escena de ella, para superarla junto con ese otro que construye su propia realidad y sostiene nuestra identidad como campo disciplinar.
La intervención se va de los mandatos fundacionales esperados desde la institución en tanto hace visible lo que la injusticia oculta, lo logra en la medida que pueda <<decir>> con otra gramática, con otro orden, alterando el establecido, transformado lo dicho agrietando, construyendo la apertura de nuevos espacios para el hacer.
Intervenir es intentar reinscribir los textos y guiones que se presentan como inamovibles, expresando una escena, marcada por el determinismo naturalista, donde los caminos de lo necesario se muestran como lo imposible.
La intervención reinscribe en la medida que sepa que decir, que recuperar, en definitiva: que escribir en nuevos textos que marquen una orientación hacia lo propio, lo genuino, donde nuevamente lo “otro” se presenta como lugar de verdad.
La intervención dialoga intensamente con la política cuando su orientación se relaciona con la identidad, teniendo en cuenta que la pregunta por la identidad surge en momentos de crisis, de cambio histórico y cambio social. Y que la identidad, tal vez es en nuestra América el campo de conflicto más importante, dado que nuestras identidades fueron masacradas, fragmentadas, diluidas desde la expresión de diferentes formas de la dominación.
La intervención, dada su relación con lo micro social, con lo cotidiano, con estar allí donde lo macro social atraviesa lo subjetivo y construye el padecimiento y la desigualdad, reconociendo que estamos actuando en una América donde reconocemos que somos lo otro, lo innombrable para los dispositivos de dominación.
En la medida que volvamos a hablar para nosotros mismos, recuperando la palabra y podamos definir nuevamente nuestro lenguaje, el horizonte de la intervención de nuestra historia de luchas y de dominaciones podrá ser una guía posible hacia un camino a recorrer.
Tal vez la intervención del Trabajo Social sirva para promover nuevas formas de subjetividad que se enfrenten y opongan al tipo de individualidad que nos ha sido impuesta durante muchos siglos. En nuestro caso, se trata, de una re conexión con los otros, con nuestra historia con nuestro propio mestizaje americano, interpelando a la fragmentación cultural desde la memoria histórica. Relacionando a la intervención con el desarrollo de lo propio, de lo que el otro tiene, buscando y construyendo una intervención que no agregue ni quite nada, solamente que permita hacer ver aquello que se tiene inscripto en la memoria como explicación y resolución.
La intervención en este aspecto se transforma en un catalizador que acelera situaciones, encuentros acontecimientos, reconectando aquello que diferentes crisis y formas de dominación separaron, buscando y construyendo diferentes formas de fragmentación social, histórica, política y cultural. Intentando en definitiva salir de gran parte de las premisas que le impusieron en la oportunidad que genera el derrumbe actual de muchos postulados desde donde se justificó la colonización y la certeza de que es posible un pensamiento Americano, donde lo “otro” tiene un esfera diferente, tanto como lugar de reparación, como de verdad.
Así la Intervención, nuevamente, se torna en un lugar de construcción de mas y nuevas preguntas, donde lo construido puede ser desarmado, re hecho y básicamente transformado.
La intervención vista desde esa perspectiva implica una necesaria generación de acontecimiento, de instalación de un espacio político que interpela en forma intensa y si se quiere despiadada a la desigualdad, a la sin razón de ésta, a hipócritas justificativos y especialmente a quienes intentan ubicarla en un marco explicatorio de una lógica neoliberal en decadencia.
La intervención, en la medida que ubique, descubra, encuentre nuevos espacios para la palabra podrá reconstituirse como una herramienta de interpelación, desde donde es posible ver lo “no visto” ocultado sistemáticamente por los fantasmas de la dominación.
La intervención reinscribe en la medida que sepa que decir, que recuperar, en definitiva que escribir en nuevos textos que marquen una orientación hacia lo propio, lo genuino, donde nuevamente lo “otro” se presenta como lugar de verdad. Reinscribe también cuando transforma las rupturas biográficas generadas por la desigualdad, la expoliación, el desencanto y la desolación, en <<contra rupturas>> de esas mismas biografías que muestran que otros caminos son posibles en la medida que sean transitados en senderos de recuperación de lo propio, la identidad, la sociabilidad perdida como producto de la opresión. Actuando en una América donde reconocemos que somos lo otro, lo innombrable, para los dispositivos de dominación.
En la medida que volvamos a hablar para nosotros mismos, recuperando la palabra y podamos definir nuevamente nuestro lenguaje, el horizonte de la intervención podrá ser una guía posible hacia un camino a recorrer.

jueves, 28 de mayo de 2020

Nuestro derecho y la postpandemia – Por E. Raúl Zaffaroni



Raúl Zaffaroni afirma en esta nota que ante la evidencia de que los Estados, debilitados por la acción del tardocolonialismo financiero, no podrán superar sanamente la conflictividad inevitable de la postpandemia, nos urge pensar en un nuevo modelo de Estado neoprovidente, con mínima equidad desconcentradora de riqueza, capaz de reconstruir las democracias y las repúblicas, asimilando las experiencias de nuestras accidentadas historias.

Por E. Raúl Zaffaroni*

(para La Tecl@ Eñe)

  
1- Pandemia y colonialismo. Cuando se producen cambios de poder planetario, da la sensación de que la historia se acelera. Los cambios actuales eran previsibles. Entre otros, Francisco lo dijo en la Laudato si: esto no se sostiene. La pandemia precipita las cosas, pero además de las advertencias de la OMS, tampoco es algo nuevo en la historia.

Si quitamos la máscara ideológica del neoliberalismo, veremos que el mundo está sufriendo un totalitarismo, en este caso financiero, que practica una nueva forma de colonialismo que podemos llamar tardocolonialismo, para diferenciarlo de las etapas anteriores, es decir, del originario y del neocolonialismo. Esta nueva etapa colonial ahora se enrosca sobre sí y paraliza la economía mundial.

El colonialismo tiene su historia, que no debe confundirse con la historia universal, como pretendía Hegel. Esa historia nos dice que no es la primera vez que una hegemonía mundial se enrosca, ni tampoco son ajenas a esto las infecciones.

La revolución mercantil -que posibilitó el colonialismo-, fue impulsada por el comercio europeo con oriente, que llevó las ratas y la peste bubónica, matando a un tercio de la población europea.

Lanzados al colonialismo originario, los espa
El colonialismo tiene su historia, que no debe confundirse con la historia universal, como pretendía Hegel. Esa historia nos dice que no es la primera vez que una hegemonía mundial se enrosca, ni tampoco son ajenas a esto las infecciones.

La revolución mercantil -que posibilitó el colonialismo-, fue impulsada por el comercio europeo con oriente, que llevó las ratas y la peste bubónica, matando a un tercio de la población europea.

Lanzados al colonialismo originario, los españoles contaminaron a los indios con enfermedades, producto de la domesticación europea de animales, contra las que los indios no tenían anticuerpos, lo que mató a la mitad de la población originaria. Al mismo tiempo, jerarquizó tanto su sociedad que, cuando con la revolución industrial apareció, la burguesía europea fue incapaz de crearla en España y se derrumbó su imperio.

Para satisfacer el extractivismo insaciable, se cometió el crimen del esclavismo contra los africanos, que trajeron la fiebre amarilla y, cuando el neocolonialismo quiso facilitar la comunicación interoceánica con el canal de Panamá, esa infección hizo fracasar la primera tentativa de construirlo.

El neocolonialismo cometió horripilantes genocidios, especialmente en África, hasta desembocar en una guerra interimperialista que, al final, desencadenó la llamada gripe española. En la segunda etapa de esa tragedia se enroscó, pues el genocidio fue cometido en su propio territorio, victimizando a personas tan pobres en melanina como sus líderes.

Ahora el tardocolonialismo financiero de las transnacionales, con su brutal depredación del medio ambiente y la destrucción indiscriminada de equilibrios biológicos, fue generando virus en serie, hasta producir uno que paralizó la economía mundial.

El actual recorte arbitrario de lo que nos explica la ciencia biológica, pretende que el enemigo sea el virus y, por ende, estaríamos en guerra contra el virus cuando, de existir alguna guerra, debería serlo contra la fábrica de virus en serie, que es, justamente, el actual totalitarismo financiero depredador del medio ambiente, que ha producido la vaca loca (por alimentar rumiantes con harina de cadáveres), la gripe asiática, la de Hong Kong, el VIH, la gripe porcina, el SARS, el Ébola, el coronavirus modelo 2015 y ahora la nueva versión 19.
Como si eso fuese poco, fabrica luego las vacunas, las patentan y las venden a quienes pueden pagarlas: cada año mueren en la India 100.000 niños de neumonía, mientras la transnacional dueña de la patente de la vacuna embolsa miles de millones de dólares.   

Esclavitud, sometimiento a servidumbre, crímenes masivos atroces, genocidios, glotonería hegemónica, concentración ilimitada de riqueza, suicidios de las sucesivas oligarquías enceguecidas por su afán insaciable de poder y generación de epidemias, son fenómenos entrelazados y presentes desde la gestación del colonialismo en Europa hasta todas sus sucesivas etapas en el mundo.



2- La naturaleza del totalitarismo financiero. Es claro que estamos sometidos a un poder planetario que concentra ilimitadamente riqueza, con la consiguiente exclusión genocida de miles de millones de personas, para lo cual ejerce sobre nuestra región un despiadado colonialismo succionador, mediante endeudamientos concertados por sus virreyes locales, que nos somete a jurisdicciones extranjeras.

Lo cierto es que este totalitarismo financiero equivale hoy a los de entreguerras, es decir que, para legitimar genocidios, ya no se usan camisas pardas ni negras ni se prometen paraísos de razas superiores puras o de sociedades sin clases en que todos seremos felices, sino que se vaticina una felicidad generosamente derramada desde la riqueza crecientemente concentrada.

El discurso con que se enmascara este totalitarismo no está escrito en Mein Kampf, sino en las obras de Milton Friedman y Friedrich von Hayek. Tampoco se promete el ario puro y el hombre nuevo, sino el homo economicus.

Este discurso es el que ahora confronta con los Derechos Humanos, incorporados al derecho internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Mientras estos últimos proclaman que todo ser humano es persona y, por el hecho de existir tiene unos derechos elementales y básicos, la ideología que se autodenomina neoliberal afirma que, por el mero hecho de haber nacido, un sujeto no tiene derecho a reclamar nada (así, von Hayeck). Si bien no todos los acólitos de esta idolatría son tan explícitos y sinceros, los cadáveres en el Mediterráneo o el experimento pinochetista de Friedman, demuestran que comparten esa premisa.  
Los gerentes de este totalitarismo financiero no pueden hacer otra cosa que obtener ganancias sin respetar límite alguno, puesto que, con la financiarización de la economía, las corporaciones transnacionales son manejadas por tecnócratas que deben cumplir con ese objetivo o son reemplazados.

En ejecución de estos mandatos ineludibles, la conducta de los gerentes del totalitarismo financiero pasó a ser delincuencial a gran escala: extorsiones, trabajo esclavo, macroestafas, evasión fiscal, administraciones fraudulentas, destrucciones de ecosistemas, extinción de especies, desertificación, contaminación de aguas y atmósfera, encubrimiento de tráficos ilícitos, reciclajes de dinero, empresas fantasmas y, llegado el caso, también golpes de Estado y fusilamiento de población civil, todo se lo permiten sin límite alguno. La criminalidad organizada (organized crime) más poderosa del planeta es la que ejercen estos gerentes con sus macrodelitos. No debe extrañar, porque todos los totalitarismos fueron criminales; sólo cambian sus métodos, conforme a sus contextos de poder.
3- La situación tardocolonial. En nuestra realidad colonial de extrema concentración de riqueza, con los más altos coeficientes de Gini del planeta, la paralización hará caer en la pobreza a fajas de las clases medias. A las fuertes protestas de la prepandemia se sumarán las fajas medias desclasadas. Nuestros Estados no estuvieron preparados para responder con racionalidad a las demandas anteriores y, menos aún, lo estarán para las que vengan.

Si aspiramos a que la conflictividad que anuncia esta emergencia halle soluciones no violentas y, por ende, a que nuestros Estados puedan ofrecer soluciones racionales en el marco democrático y republicano, el primer paso debe ser reconocer la dura realidad de la que deberemos partir, es decir, de Estados debilitados, escuálidos, muy poco democráticos y –quizá menos aun- republicanos. 

El mito más negativo –por inmovilizante- nos hace creer que vivimos en Estados con instituciones sólidas, basadas en principios democráticos y republicanos, garantizados en el plano regional por un derecho internacional eficaz, cuando nada de eso es verdad. Nadie compraría otro atuendo si creyese que el que lo viste es de máxima elegancia, cuando en realidad está en harapos que ni siquiera cubren sus partes pudendas. 

Si bien no existe un único modelo democrático, el que se generalizó en la región es el de las democracias plurales, en que la ciudadanía canaliza su voluntad a través de partidos políticos. Pues bien, de este modelo institucional democrático, en nuestros Estados sólo quedan restos.

Esto obedece a que los partidos políticos sólo existen formalmente, pues su función canalizadora la ejercen las corporaciones que monopolizan la comunicación en cada país: desde el análisis funcional, cada una de ellas es un partido político y, además, por monopólica, es un partido único. El monopolio de estos partidos únicos funcionales al poder colonial se presenta como derecho a la libertad de expresión, cuando en realidad es su más abierta negación.

En las concentraciones urbanas, el voto de altos porcentajes de ciudadanía se manipula, conforme a los conocidos once principios de Göbbels, llevando al extremo el consabido teorema de Thomas: no importa que algo sea verdad o mentira, lo que importa es que se lo dé por cierto y en ese caso produce efectos reales. Son las profecías autorealizadas. Las fake news circulan a mayor velocidad que la información correcta, incluso por las redes –cuya tecnología también es monopólica-, donde se arman ejércitos de trolls y de ingenios que simulan personas.

De este modo se determina la conducta de buena parte de la población, que de buena fe vivencia la realidad creada por los actores disfrazados de comunicadores, algunos tan consustanciados con los personajes de sus libretos que llegan a creer las mentiras que divulgan. 

Estos partidos políticos únicos y mediáticos fabrican a los virreyes locales del totalitarismo financiero y, por ende, como todo aparato de propaganda totalitario, no reconocen ningún límite ético ni legal.
Los políticos son rehenes de estos partidos únicos, que les marcan las agendas, sabiendo que entre los que luchan por el poder siempre habrá algunos más inescrupulosos que, sin duda, llevarán ventaja sobre los que ofrezcan alguna resistencia, como también sobre los que no sean menos genuflexos por temor o por restos de dignidad y ética, pero que tampoco se animen a denunciar y menos a resistir sus amenazas de linchamiento. Saben muy bien que, en muchos casos, estos últimos también cederán a sus directivas, porque juegan con su ingenuidad, haciéndoles creer que su silencio los cubre de ser blancos de sus disfrazados de comunicadores.

Los políticos más inescrupulosos disputan para convertirse en candidatos a virreyes de los partidos únicos mediáticos, pues saben que cuando éstos los ungen como tales, tienen altísimas probabilidades de trepar a los gobiernos, con una falsa aureola de democracia. A veces, cuando al virrey ha ejercido su poder colonial con demasiada avidez y torpeza, su reelección fracasa, como en la Argentina. En algún otro caso, el virrey traiciona a su propia fuerza política, proclamándose tal una vez en el gobierno.

Esas democracias de partidos mediáticos únicos suelen asumir formas plebiscitarios, puesto que, una vez en el gobierno, los virreyes ejercen plenos poderes en abierta violación a los principios republicanos, a veces mediante plebiscitos explícitos, pero en la mayoría de los casos, de hecho y ante la indiferencia pública, sostenida por la desinformación de la misma publicidad del régimen. 

La primera preocupación de los virreyes es el reacomodamiento de los poderes judiciales a su gusto, puesto que de ellos depende la impunidad de sus mandantes, socios y amigos, como también la persecución y difamación de sus opositores y obstaculizadores.

Del grado de previo deterioro de la organización judicial depende la facilidad de estas maniobras. Por lo general, las corporaciones judiciales se integran con personas que privilegian su estabilidad laboral, por lo cual, la docilidad se obtiene, en primer lugar, con el ofrecimiento de algunas racionalizaciones o mecanismos de huida que permitan su pax burocrática.

Al igual que en cualquier estamento profesional, en el judicial hay algunos inescrupulosos y también unos pocos delincuentes, de los cuales se sirven los virreyes y que, por regla, se ofrecen a servirlos, sea en procura de rápida promoción jerárquica, por afán mediático, por aspiración al estrellato político o por corrupción.  

Nuestros virreyes cumplen el mandato metrópolitano eliminando a quien les molesta. Este colonialismo no los mata, como a Sucre, Moreno, Monteagudo, Dorrego o al mismo Bolívar, si antes no lo hubiese hecho la tuberculosis, ni los manda al exilio, como a San Martín. Elimina a los líderes políticos groseramente, con golpes de Estado abiertos, como en Bolivia, pero otras veces orquesta golpes blandos, que prostituyen a la política, pues explotan los bajos instintos de lo peor de ella.

La eliminación de líderes populares por decapitación pública se completa con campañas de los partidos mediáticos de los virreyes, en combinación con un pequeño grupo de jueces patológicos, en bandas de las que forman parte activa agentes de servicios secretos, delincuentes que cobran su arrepentimiento, testigos falsos, fiscales extorsionadores, policías corruptos, etc.

Para estos discípulos de Freisler y Vichinsky, todo es válido: misteriosos escritos detallados; increíbles memoriosos; insólita velocidad procesal; invocación aberrante de la doctrina jurídica; clonación de procesos; pluralización de bandas; gobiernos considerados asociaciones ilícitas y, por supuesto, violación de normas procesales básicas. De no ser suficiente, se amenaza y persigue a algún juez que moleste, porque así lo exige la lucha contra el flagelo de la corrupción, convertida en el nuevo Satán de este tiempo, con el que pactarían las nuevas brujas, que son los políticos populares.

Mientras estos shows de manos limpias son dramatizados por los partidos políticos mediáticos, los virreyes -y sus socios, parientes y amigos- endeudan a nuestros países, comprometiendo sus PBI por décadas, al tiempo que se benefician con negociados encubiertos por sus cómplices judiciales.

A esto se le llama lawfare o guerra legal, cuando en realidad es una guerra ilegal en todo sentido. Tal es la dimensión que ha cobrado este recurso, que es materia de análisis cada día más intenso en las academias jurídicas.
El último virrey argentino acabó también con el Legislativo, valido del poder de ahogar económicamente a los gobiernos provinciales. Nuestro federalismo se fue por la cloaca al igual que la separación de poderes republicana, con el ejercicio de plenos poderes, no otorgados por nadie. Otros son más burdos, embargando bienes de los legisladores de la oposición o amenazando a sus familias.  

¿Qué queda de le república, de la democracia y hasta del Estado mismo? Sólo el resquicio de sentido de realidad de una parte de la ciudadanía, porque –por fortuna- no existe un sistema perfecto de matricería humana. 



4- ¿Qué hacemos ahora? Ante la evidencia de que los Estados -como repúblicas y democracias debilitadas- no podrán superar sanamente la conflictividad inevitable de la postpandemia, nos urge pensar en un nuevo modelo de Estado que, tarde o temprano surgirá, así como lo hizo el New Deal de Roosevelt, o sea, en un modelo neoprovidente, con mínima equidad desconcentradora de riqueza, capaz de reconstruir las democracias y las repúblicas, asimilando las experiencias de nuestras accidentadas historias.

En nuestro constitucionalismo no habrá de faltar creatividad para pensar modelos de Estados fraternos que, junto a la libertad y la igualdad, no olviden la fraternidad. Nuestros movimientos populares de todos los tiempos nos dejaron pistas redistributivas, que se deben profundizar.

De nuestra región surgió el constitucionalismo social con la Constitución Mexicana de 1917; también apareció el ambiental, con las Constituciones de Ecuador y del Estado Plurinacional de Bolivia. Seguramente de aquí habrá de surgir el constitucionalismo socioambiental, configurador de los nuevos Estados neoprovidentes y fraternos.
Las emergencias están dando la razón a los políticos decapitados por los particos políticos mediáticos y, donde falten, otros surgirán, como sucede en toda emergencia. La política y el vacío son incompatibles: ante el reclamo de las ciudadanías, algo emerge. Además, nuestros pueblos siempre han producido caracteres políticos fuertes; esta capacidad no se ha perdido, pese a los aparatos publicitarios de los particos mediáticos únicos.

Esta tarea jurídica creativa se impone, pues no es suficiente con sacudirse la dependencia colonial, sin perfilar nuestros futuros Estados, porque la historia demuestra que esa actitud es un gravísimo error. En efecto: cuando hace doscientos años nos liberamos del colonialismo originario, nuestras oligarquías y sus intelectuales iluminados quisieron imponer -a sangre y fuego- a los pueblos de nuestra región –supuestamente bárbaros e ignorantes-, modelos incompatibles con nuestras realidades (la llamada civilización genocida). Sobre esas pretensiones se montó el neocolonialismo, lo que costó muchas más vidas y dolor que la propia lucha por la independencia. Ni siquiera podemos descartar que buena parte de las fallas de nuestro presente sea consecuencia de ese error originario.

Pensar desde ahora el modelo de Estado al que queremos llegar no es un sueño vano, un entretenimiento de ociosos ni implica caer en la utopía, sino que es una tarea indispensable: se trata, nada menos, que de montar la brújula, otear el norte, clarificar el objetivo.

Debemos pensar con urgencia qué Estado queremos, qué institucionalización es necesaria para reconstruir la democracia y la república, cómo recuperar el Estado para la política, cómo volver a una democracia plural con partidos políticos no mediáticos ni por acciones, cómo establecer cierto orden institucional que impida que cualquier virrey circunstancial ejerza la suma del poder público y, sobre todo, cómo revertir el modelo de sociedad con 30% de incluidos y el resto excluido, que nos intentó imponer el colonialismo del totalitarismo financiero.

No somos ingenuos, sabemos que, en la postpandemia, especialmente frente a las clases medias que caerán en la pobreza, los virreyes y los otros agentes, pretenderán atribuir todos los males a los políticos que no respondan al partido mediático único, usarán sus campañas sucias, sus fake news, las dramatizaciones de sus actores y actrices disfrazados de comunicadores y periodistas; no ahorrarán recurso alguno, recurrirán y pondrán en práctica sus impudicias coprófilas más abyectas e inhumanas. ¿Podrán con todo eso impedir la vuelta de los líderes populares decapitados por los partidos mediáticos únicos o el surgimiento de nuevos lideratos en nuestros países?

Frente a las respuestas demasiado pesimistas, nuestras historias nos enseñan que, con marchas y contramarchas, nuestros pueblos siempre toman conciencia y triunfan. Prueba de esto es que, de no ser por nuestros movimientos populares, quizá no hubiésemos podido escribir estas líneas ni el lector leerlas, porque es muy probable que hubiésemos sido analfabetos, que hubiésemos muerto en la infancia, que tuviésemos menos neuronas por carencia de proteínas en los primeros años o fuésemos desaparecidos por alguna dictadura genocida.

El cardenismo mexicano, el aprismo peruano, el velasquismo ecuatoriano, el varguismo brasileño, el yrigoyenismo y el peronismo argentinos, etc., tuvieron muchos defectos, incluso algún autoritarismo, pero en el balance final, todos esos defectos empalidecen frente a los genocidios de los virreyes que en todos los tiempos los combatieron y, en definitiva, a ellos debemos la ampliación de la ciudadanía real en nuestra región. Nuestros pueblos no perdieron ni perderán esta vocación, pese a los esfuerzos tecnológicos de los actuales partidos únicos mediáticos.



La reconstrucción del Estado post pandemia - Sumario en Red



5- ¿Quiénes deben pensarlo? Cuando en Querétaro, los diputados constituyentes campesinos y obreros propusieron las normas que dieron origen al constitucionalismo social, los objetaron los licenciados formados en las universidades del porfiriato. Por suerte triunfaron los primeros. Es llegada la hora de no repetir el error de los últimos.

Es tarea de la academia jurídica superar su vocación elitista y su falsa asepsia política, dejando de lado las pretensiones de quienes se encargan de ofrecer discursos facilitadores de mecanismos de huida hacia la pax burocrática judicial, postulando un derecho apolítico, neutro, incontaminado, que niegue la esencia cultural, histórica y política del derecho, en definitiva, funcional a los virreyes de turno.

El propio estructurador del método dogmático jurídico –Rudolf von Jhering-, a poco dio un giro hacia la realidad social y, con las inevitables limitaciones de su época y lugar, redefinió al derecho como lucha.

La hora llama a los juristas de nuestra región, en homenaje a demanda de recuperación de la soberanía de nuestros pueblos por vía democrática y en el marco republicano y no violento, a sumergirse y empaparse de las necesidades y reclamos de los más victimizados por el tardocolonialismo financiero, para discutir la mejor manera de concretarlos en la forma jurídica de nuevos proyectos de Estado.

Esto no significa un desvío reaccionario hacia un romanticismo jurídico que pretenda la captación de sentimientos, sino que lo que se exige es comprensión de necesidades, que es algo muy diferente, porque parte del respeto al otro, a la persona en concreto que reclama ciudadanía real.

Debemos ser conscientes de que esos proyectos no deben ser elaboraciones de gabinete, sino que su contenido habrá de surgir de los reclamos fundados en las necesidades de las capas más sufrientes de nuestras ciudadanías, que son o pasan a ser mayoría, debiendo ser las principales proveedoras de su contenido. A los juristas corresponde únicamente la tarea de elaborar el envase jurídico más eficaz posible. La demarcación de contenido y envase es fundamental, para que nadie incurra en el error de los licenciados de Querétaro, pretendiendo elitistamente dar el contenido de lo que sólo debe ser la necesaria envoltura normativa del reclamo de los pueblos.

Teniendo en cuenta que la postpandemia exigirá un esfuerzo conjunto de los pueblos de nuestra región, corresponderá a los internacionalistas meditar el reforzamiento de los organismos regionales, la resurrección de otros y la creación de nuevos, así como reencausar a los que se han vuelto funcionales al totalitarismo financiero y, sobre todo, perfeccionar el reaseguro del sistema regional de Derechos Humanos, para darle la eficacia y prontitud de que ahora carece.

Nuestros jueces no nacen de incubadoras, sino que los formamos en las universidades, revisemos con cuidado y a la luz de las necesidades de nuestros pueblos, lo que estamos teorizando y enseñando: es la hora de una extrema responsabilidad académica.



6- ¿En qué punto estamos? El grado de esfuerzo que demande llevar al plano de la realidad los nuevos Estados neoprovidentes y fraternos que es indispensable que pensemos, dependerá en gran medida de la dinámica del poder planetario en la postpandemia.

Es claro que la actual paralización de la economía global es el ocaso del totalitarismo financiero, pero no sabemos si es el comienzo o el fin de esta caída. Si se tratase del comienzo, restaría una lucha por delante; si se tratase del fin, sería un amanecer y en breve deberíamos lanzarnos a la construcción del Estado postpandemia.

¿El mundo –la humanidad- se halla en una situación que guarda cierta semejanza a 1939, a 1945 o a los años intermedios? No faltan quienes creen que el ocaso ni siquiera comienza y que, por el contrario, se reforzará en la postpandemia; imaginan diferentes distopías.

Creemos que el camino de distopía choca con un grave inconveniente, puesto que, como conduce a una hecatombe total y esa perspectiva –a pesar del negacionismo– se va haciendo demasiado inocultable, genera creciente pánico generalizado. 

El segundo inconveniente del camino distópico, es que con urgencia debería eliminar o deslegitimar a todos los organismos internacionales. Si bien en su momento éstos fueron creados por los poderosos, con la desaparición del mundo bipolar adquirieron dinámica propia y generaron su personal técnico, o sea que, a pesar de su dependencia financiera, se autonomizaron y obstaculizan cada vez más al totalitarismo financiero.

Este distanciamiento estalla hoy en confrontación, pues es inédito el desafío y la difamación contra la OMS. Todo indica que a la OMS seguirán todos los organismos universales y regionales, no sólo de Derechos Humanos, sino aun los más técnicos y especializados. Cualquier perspectiva distópica no podría avanzar sin acabar con los organismos internacionales, con el discurso de Derechos Humanos y también con todo el derecho internacional, incluyendo a la propia Cruz Roja.

Si bien estos organismos están lejos de gobernar el mundo, su empoderamiento tampoco puede subestimarse, en especial por el desprestigio que acarrea a quienes confrontan con ellos, sin perjuicio del que, por otras razones, van cargando ahora esos voceros.   

Asumiendo incluso la posición del comienzo del fin, que sería la más pesimista entre las no distópicas, nos hallaríamos frente al desafío de una lucha por liberarnos de la actual etapa de colonialismo.

Teniendo en cuenta que siempre el derecho es lucha, en cualquier caso, debemos comenzar a meditar qué haremos una vez independientes o, lo que es casi lo mismo, para qué queremos la independencia., pues la caída de otro colonialismo no debe tomarnos desprevenidos, como hace dos siglos largos.

Que nos ilumine Dios, la razón o lo que cada uno crea con total y absoluta libertad de conciencia, porque en esta hora los errores tendrían consecuencias demasiado graves. 



Buenos Aires, 12 de mayo de 2020

*Profesor Emérito de la UBA

Nuestro derecho y la postpandemia – Por E. Raúl Zaffaroni

miércoles, 27 de mayo de 2020

Los profetas del odio en la Pandemia



Los que se van en sus aviones privados escapando del autoritarismo de la cuarentena.

Los que incitan a salir a la calle desde cómodos estudios de televisión.

Los que protestan porque no pueden caminar en sus barrios cerrados y clubes de campo.

Los que propalan odio.

Los que quieren ver más muertos en las estadísticas.

Los que siguen insistiendo conque el modelo a seguir son Brasil, Chile y los EEUU.

Los que dicen, no hay que parar la economía.

Los que dicen: que mueran los más débiles.

Los que especulan políticamente con la Pandemia.

Los que hacen subir los precios.

Los que siguen talando.

Los que siguen fumigando.

Los que esconden las cosechas.

Los que guardan mercaderías esperando a que el precio suba o para hacerlo subir.

Los que no quieren un Estado presente.

Los que hablan de libertad cuando incitan a matar y restringieron libertades mientras estaban en el gobierno.

Los que envenenan el agua.

Los que matan sabiendo que son impunes.

Los que creen que hay una ley para ellos.

Los que les molesta el pueblo.


lunes, 18 de mayo de 2020

La pandemia, el lenguaje de la guerra y la desigualdad.

La pandemia, el lenguaje de la guerra y la desigualdad.


El único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Héctor Germán Oesterheld

“La metáfora consiste en dar a una cosa el nombre de otra” .Aristóteles

El lenguaje de la guerra en la Pandemia

Desde el principio de la propagación de la enfermedad, el lenguaje de la guerra se apropió de la Pandemia y comenzó a otorgar una serie significados al proceso que estamos viviendo; enemigo, guerra, armas, invasión, héroes. Las metáforas de la guerra asociadas con las enfermedades se hicieron cotidianas.

De esa forma, a través del lenguaje también se fue construyendo una comprensión y explicación, que muchas veces pasa desapercibida y que lleva a una concepción punitiva de la enfermedad[1]. Es decir que se la relaciona con una especie de enemigo poderoso que, como un francotirador invisible, asecha y genera disrupciones que alteran nuestra vida cotidiana, pero fundamentalmente con hacer responsable individualmente a cada víctima de lo que está ocurriendo, por descuidarse, abandonarse, no estar atento, descontextualizando, llevando, muchas veces la explicación de su desarrollo u origen, a la esfera de la conducta individual.

En esa forma de representación social de lo que está ocurriendo, hay traidores, héroes, culpables, inocentes, amigos y enemigos. Pero, especialmente ese enemigo: el virus y también quien podría portarlo, son percibidos como algo que nos acosa y ataca de manera individual. En esa forma de decir no hay contexto, territorio, singularidad.

 En otras palabras, el lenguaje de guerra puede  impedir ver los innumerables condicionantes y circunstancias que atraviesan al todo social, que singularizan la enfermedad y especialmente la posibilidad de entenderla como un proceso, como una construcción permanente, donde priman una serie de pujas que  enfrentan a diferentes expresiones de intereses políticos, económicos y sociales.

Así, el discurso de la guerra que nos hace hablar, en este caso, de; la lucha contra la enfermedad, contra una enfermedad que  mata en un acto de guerra, luego de invadir, atacar defensas y causar todo tipo de desórdenes. La enfermedad, de esta manera, es vista como un ejército de microorganismos extraños que vencen barreras, que derrotan individualidades. Así, en la construcción de una relación donde lo que sobresale es el binomio cuerpo- enfermedad, este, responde con sus propias defensas que son casi inexorablemente vencidas desde lo individual. Entonces, en las metáforas de la pandemia, el Covid19 se combate desde la primera trinchera, desde las guardias, desde las diferentes líneas de defensa. Así, los que pelean son héroes aplaudidos y paradojalmente rechazados en la intimidad, en sus casas, en sus barrios, porque pueden transmitir individualmente la enfermedad. De tal forma, ahondan las crónicas belicistas  que conllevan la idea de luchar desde el frente, atrincherarse, derrotar a un virus tremendamente contagioso e invisible. Las metáforas de la pandemia se vinculan con lo letal no solo en términos humanos sino también desde lo económico, lo societario.

Como en toda guerra la degradación llega rápido, en este caso a los enfermos, y  la militarización del discurso construyen una especie de épica que genera  el malestar y el agobio de quienes  padecen y combaten. (Sontag, S: 1996)

II La necesidad de solidaridad 

“La solidaridad hace fuerte al débil” Proverbio Aymara

Los tiempos que vivimos, tal vez comiencen a marcar una  época de responsabilidad y solidaridad, donde intentemos involucrarnos en el  cuidado de la sociedad, en la preocupación por el otro, sabiendo que estas circunstancias  nos van  a beneficiar colectivamente y  también de manera individual.  El Otro, se va corriendo del lugar del enemigo, del rival, del competidor a un espacio que el neoliberalismo le obligó a ocupar, cómo disolvente de la sociedad, amenaza y competencia, especialmente en el juego siniestro de la meritocracia.

Sin Sociedad no hay solidaridad posible, solo puede existir el uso publicitario de una  ayuda caritativa donde  de las empresas recaudan para evadir impuestos o mejorar su imagen. En Argentina, también sin sociedad no hay solidaridad pero, la sociedad y la solidaridad se difuminan sin un Estado que garantice derechos. Un Estado que, además de la libertad y de  la igualdad, fortalezca la fraternidad.  Un estado que elabora junto con la Sociedad; Políticas sociales orientadas a la integración e inclusión  educación, salud, mejora en las condiciones laborales y de  seguridad.

III ¿Qué oculta el lenguaje de Guerra?

Tal vez la explicación colectiva del dolor, del padecimiento, de la incertidumbre, del aislamiento,  la imagen de cuerpos abandonados en las calles, de las fosas comunes. Especialmente, la relación entre la Pandemia y la desigualdad, la imagen de  múltiples cuerpos en fila ocupando pasillos de hospitales, las escenas del hacinamiento, del riesgo de estar encerrados cuando no hay condiciones para permanecer adentro de la casa. El lenguaje de guerra no deja ver como la Pandemia se hace cuerpo, el momento en que  cualquier sensación puede ser interpretada como signo de padecer o portar la enfermedad, Una enfermedad  que es negada desde lo  social desde la vulneración de derechos, que puede llegar, no solo porque puede matar, sino porque reafirma la promesa de aislamiento, de separación, de soledad, porque pone en pantallas la relación con los otros, las despedidas, la muerte. La percepción de estar enfermo y todo lo que ello conlleva. El dolor de saber que uno no puede cuidarse, de no llegar al refugio del aislamiento, porque hay hambre, falta de agua o elementos de limpieza, para poder cumplir con la recomendación que se hace desde la televisión, la radio y los afiches. El dolor y el horror de las violencias que ya estaban instaladas en las casas desde antes de la Pandemia. Un horror que se incrementa en cada gesto, en la incertidumbre de la reacción, en el cuidado de las palabras para poder sobrevivir.

El dolor de fuerzas de seguridad que muchas veces siguen generando inseguridad y violencia.   

Objetivamente no estamos en guerra, justamente, todo lo contrario. Para poder resolver el problema,  se requiere frenar la economía en vez de acelerarla y así evitar los contagios, facilitar que la población se resguarde y no hacer que se movilice hacia el “frente de batalla”. Defender la Sociedad, la integración, el fortalecimiento de los lazos sociales.

En definitiva permitirnos  pensar que el cuidado de la Sociedad es el cuidado de uno mismo. Teniendo en cuenta que el cuidado es algo que se construye en forma permanente y se adapta a las diferentes  circunstancias que van surgiendo. No se trata de una guerra, siendo para muchos una tragedia. Las guerras son mucho más destructivas para los ganadores y los perdedores. Es una situación impensada para la cual no estábamos preparados. Una situación que en definitiva nos habla del inexorable retorno de lo social, de la otredad, de la cultura que durante décadas fueron despiadadamente enterradas por la llamada economía de mercado o Neoliberalismo. No como una victoria o una revancha de los años arrebatados por el  neoliberalismo, sino simplemente como una necesidad.

Tal vez, los discursos de la guerra se aproximen mucho más a la lógica de guerra de todos contra todos que impone la Dictadura del Mercado que la realidad de una Pandemia que  necesita de todos, fundamentalmente en clave de solidaridad y no de combate.

Marcando, tal vez, una época donde el retorno del  Estado que, a partir de su presencia activa, empieza a dar señales concretas de responsabilidad, de la vuelta de la Protección Social, como hecho colectivo y representativo.

De la necesidad de un Estado que no actúe con una lógica de guerra, de conflicto, de enemigos metafóricamente construidos.

Bibliografía:

Sontag, Susan. La enfermedad y sus metáforas. Editorial Taurus. Buenos Aires 1996.



[1] "La concepción punitiva de la enfermedad tiene una larga historia. Es una concepción particularmente activa en lo que atañe al cáncer [...]. Las teorías psicológicas más aceptadas atribuyen al pobre enfermo la doble responsabilidad de haber caído enfermo y de curarse. Y las convenciones que exigen que el cáncer no sea una mera enfermedad sino un enemigo diabólico, hacen de él no sólo una enfermedad mortal sino una enfermedad vergonzosa [...]. Nada hay más punitivo que darle un significado a una enfermedad -significado que resulta invariablemente moralista [...]. La enfermedad misma se vuelve metáfora. Luego, en nombre de ella (es decir, usándola como metáfora) se atribuye ese horror a otras cosas, la enfermedad se adjetiva".

Susan Sontag

La enfermedad y sus metáforas (Taurus, 1996)