martes, 30 de junio de 2020
Una Historia en el Café Tortoni de Buenos Aires
domingo, 21 de junio de 2020
Una historia en Buenos Aires
miércoles, 17 de junio de 2020
Modernidad, Estado, Sociedad. Una mirada desde el Trabajo Social.
martes, 16 de junio de 2020
El lenguaje de la guerra en la Pandemia
“El único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Héctor Germán Oesterheld“ La metáfora consiste en dar a una cosa el nombre de otra”. Aristóteles |
De esta manera, la enfermedad es vista como un ejército de microorganismos extraños que vencen barreras, que derrotan individualidades. Así, en la construcción de una relación donde lo que sobresale es el binomio cuerpo - enfermedad, éste responde con sus propias defensas, que son casi inexorablemente vencidas desde lo individual. Entonces, en las metáforas de la pandemia, el Covid19 se combate desde la primera trinchera, desde las guardias, desde las diferentes líneas de defensa. Así, los que pelean son héroes aplaudidos y paradojalmente rechazados en la intimidad, en sus casas, en sus barrios, porque pueden transmitir individualmente la enfermedad.
De tal forma ahondan las crónicas belicistas que conllevan la idea de luchar desde el frente, atrincherarse, derrotar a un virus tremendamente contagioso e invisible. Las metáforas de la pandemia se vinculan con lo letal, no sólo en términos humanos sino también desde lo económico, lo societario.
| La solidaridad hace fuerte al débil”. Proverbio Aymara |
Tal vez oculta la explicación colectiva del dolor, del padecimiento, de la incertidumbre, del aislamiento; la imagen de cuerpos abandonados en las calles, de las fosas comunes; especialmente, la relación entre la Pandemia y la desigualdad, la imagen de múltiples cuerpos en fila ocupando pasillos de hospitales, las escenas del hacinamiento, del riesgo de estar encerrados cuando no hay condiciones para permanecer adentro de las casas.
El lenguaje de guerra no deja ver cómo la Pandemia se hace cuerpo, el momento en que cualquier sensación puede ser interpretada como signo de padecer o portar la enfermedad, una enfermedad que es negada desde lo social, desde la vulneración de derechos, que puede afectar no sólo porque puede matar sino porque reafirma la promesa de aislamiento, de separación, de soledad. Porque pone en pantallas la relación con los otros, las despedidas, la muerte, la percepción de estar enfermo y todo lo que ello conlleva. El dolor de saber que uno no puede cuidarse, de no llegar al refugio del aislamiento porque hay hambre, falta de agua o elementos de limpieza para poder cumplir con la recomendación que se hace desde la televisión, la radio y los afiches. El dolor y el horror de las violencias que ya estaban instaladas en las casas desde antes de la Pandemia, un horror que se incrementa en cada gesto, en la incertidumbre de la reacción, en el cuidado de las palabras para poder sobrevivir. El dolor ante fuerzas de seguridad que muchas veces se reiteran en la generación de inseguridad y violencia.
No se trata de una guerra, siendo para muchos una tragedia. Las guerras son mucho más destructivas para los ganadores y los perdedores.
Es una situación impensada para la cual no estábamos preparados, una situación que en definitiva nos habla del inexorable retorno de lo social, de la otredad, de la cultura, que fueron despiadadamente enterrados durante décadas por la llamada economía de mercado o Neoliberalismo. Esa recuperación no debe tomarse como una victoria o una revancha de los años arrebatados por el neoliberalismo, sino simplemente como una necesidad.
- Sontag, Susan. "La enfermedad y sus metáforas". Editorial Taurus. Buenos Aires 1996.
viernes, 29 de mayo de 2020
La intervención en lo social y el sentido
La Intervención en lo Social durante las últimas décadas se construyó en sociedades fragmentadas, en territorios arrasados por la economía de mercado, en instituciones que no logran encontrar su sentido y perdieron su solidaridad entre sí. En definitiva sobre nuevos escenarios donde lo que sobresale son nuevas formas de expresión del padecimiento, desde la pérdida de espacios de socialización, hasta el malestar que produce no sentirse parte de un todo social.
Se interviene en lugares donde se fueron mutilando sistemáticamente infinidad de capacidades y habilidades, sencillamente por efecto de la desigualdad social, la injusticia y el hambre. En definitiva en nuevos escenarios de intervención, dentro de una sociedad atravesada por relaciones violentas, por el enfriamiento de los lazos sociales, la desconexión con los otros, con la historia, con la memoria colectiva. En otras palabras, desde la necesidad de una reparación del daño generado por décadas de injusticia y desigualdad.
En éstas últimas décadas América emerge como una singularidad que logra expresar otras formas de sociabilidad que emergen desde la historia, haciéndose visibles tal vez por la crudeza de la crisis, pero construyendo caminos nunca antes vistos que en muchos casos logran resolver la contradicción entre coerción y libertad que signó a las prácticas modernas. En América la cultura es historia, sociedad y presente, y desde ella se muestra la posibilidad de la construcción de prácticas que no prometen la emancipación, la ponen en acto sin la necesidad del disciplinamiento. Aquí la racionalidad se funda en la resistencia y la organización frente a la injusticia, a una cuestión social que se funda cuando llegan los conquistadores.
Teniendo en cuenta que el Trabajo Social es una disciplina clave en los procesos de intervención en lo social y se ha constituido en un dominio de saber que por su dirección histórica, ha estado comprometido con la defensa de los ideales democráticos, de libertad, de justicia social y por la defensa de los Derechos Humanos, se reafirman y construyen desde esta profesión nuevos compromisos, que van más allá de los enunciados y se relacionan con la interpelación al hacer. Surgen de este modo una serie de interrogantes hacia la práctica cotidiana, desde ¿cuál es su aporte a la soberanía popular?, ¿cómo se articula con lo económico, donde la producción se oriente hacia una justicia redistributiva?, ¿cómo desarrolla lo sociocultural, desde la recuperación de la identidad, la pertenencia, la inscripción - reinscripción y la socialización?, ¿desde donde recupera capacidades, habilidades: artísticas, tecnológicas, creativas y científicas?, o ¿ desde donde se relaciona con los recursos naturales y el medio ambiente?
Estas cuestiones implican una necesidad de la recuperación y construcción de una visión estratégica de la intervención en lo social. Es decir la definición clara de su sentido, dentro de las posibilidades y limitaciones que muestran sus contradicciones actuales y fundacionales. Pero en definitiva la intervención está atravesada por todas esas cuestiones, de allí que su ejercicio y estudio se presenten hoy como significativamente necesarios.
Mirar al Trabajo Social desde lo que hace, implica una necesaria reflexión que se sale de los discursos ampulosos que se agotan en la denuncia de los “determinantes” sociales. Revisar lo que se hace da cuenta de que la intervención es posible aún dentro de sus contradicciones fundacionales y actuales. La intervención en definitiva, es lo que la gente que concurre a nuestros lugares de trabajo nos demanda.
La realidad de las desigualdades sociales y los nuevos padecimientos nos interpela día a día en nuestra práctica cotidiana, y desde allí creamos, construimos, resolvemos, compartimos y aprendemos con el otro, en un espacio de diálogo y encuentro entre el hacer donde tratamos de acompañar este proceso desde la reflexión.
El trabajo social desde la intervención, a partir su práctica, hace visible el padecimiento como expresión de la desigualdad social en los espacios de lo micro social. Construyendo desde allí nuevas formas de agenda pública. En definitiva la intervención en lo social se liga con el hacer ver, al otro, a la institución, a la sociedad la desigualdad y sus efectos.
El trabajo social desde la intervención está allí, en innumerables lugares, donde el desconcierto, las nuevas formas de subjetividad y el padecimiento se comparten con ese otro sufriente, en instituciones y espacios de intervención atravesados muchas veces por el sin sentido. De allí que la sola presencia de un trabajador social en un hospital, una escuela, un tribunal está diciendo que hay algo más que un cuerpo enfermo, un sistema educativo en crisis o una ley deslegitimada.
Es en estos escenarios de intervención complejos y turbulentos, donde se construyen las preguntas acerca del sentido de lo que el trabajo social hace resuenan con mayor fuerza y estruendo. Así la Intervención se torna en un lugar de construcción de nuevas preguntas, donde aquello que es construido desde la injusticia y la desigualdad puede ser desarmado, re hecho y básicamente transformado.
La intervención en lo social desde esa perspectiva implica una generación de acontecimiento, de instalación de un espacio (político) que interpela en forma intensa a la desigualdad, a la sin razón de ésta a sus justificativos, tanto desde los condicionantes sociales, económicos y políticos como desde la lógica del mercado transformado en Leviatán por el neoliberalismo.
La intervención en lo social desde esta perspectiva reconoce sus propias contradicciones fundacionales y se propone a la práctica cotidiana como posible lugar de puesta en escena de ella, para superarla junto con ese otro que construye su propia realidad y sostiene nuestra identidad como campo disciplinar.
La intervención se va de los mandatos fundacionales esperados desde la institución en tanto hace visible lo que la injusticia oculta, lo logra en la medida que pueda <<decir>> con otra gramática, con otro orden, alterando el establecido, transformado lo dicho agrietando, construyendo la apertura de nuevos espacios para el hacer.
Intervenir es intentar reinscribir los textos y guiones que se presentan como inamovibles, expresando una escena, marcada por el determinismo naturalista, donde los caminos de lo necesario se muestran como lo imposible.
La intervención reinscribe en la medida que sepa que decir, que recuperar, en definitiva: que escribir en nuevos textos que marquen una orientación hacia lo propio, lo genuino, donde nuevamente lo “otro” se presenta como lugar de verdad.
La intervención dialoga intensamente con la política cuando su orientación se relaciona con la identidad, teniendo en cuenta que la pregunta por la identidad surge en momentos de crisis, de cambio histórico y cambio social. Y que la identidad, tal vez es en nuestra América el campo de conflicto más importante, dado que nuestras identidades fueron masacradas, fragmentadas, diluidas desde la expresión de diferentes formas de la dominación.
La intervención, dada su relación con lo micro social, con lo cotidiano, con estar allí donde lo macro social atraviesa lo subjetivo y construye el padecimiento y la desigualdad, reconociendo que estamos actuando en una América donde reconocemos que somos lo otro, lo innombrable para los dispositivos de dominación.
En la medida que volvamos a hablar para nosotros mismos, recuperando la palabra y podamos definir nuevamente nuestro lenguaje, el horizonte de la intervención de nuestra historia de luchas y de dominaciones podrá ser una guía posible hacia un camino a recorrer.
Tal vez la intervención del Trabajo Social sirva para promover nuevas formas de subjetividad que se enfrenten y opongan al tipo de individualidad que nos ha sido impuesta durante muchos siglos. En nuestro caso, se trata, de una re conexión con los otros, con nuestra historia con nuestro propio mestizaje americano, interpelando a la fragmentación cultural desde la memoria histórica. Relacionando a la intervención con el desarrollo de lo propio, de lo que el otro tiene, buscando y construyendo una intervención que no agregue ni quite nada, solamente que permita hacer ver aquello que se tiene inscripto en la memoria como explicación y resolución.
La intervención en este aspecto se transforma en un catalizador que acelera situaciones, encuentros acontecimientos, reconectando aquello que diferentes crisis y formas de dominación separaron, buscando y construyendo diferentes formas de fragmentación social, histórica, política y cultural. Intentando en definitiva salir de gran parte de las premisas que le impusieron en la oportunidad que genera el derrumbe actual de muchos postulados desde donde se justificó la colonización y la certeza de que es posible un pensamiento Americano, donde lo “otro” tiene un esfera diferente, tanto como lugar de reparación, como de verdad.
Así la Intervención, nuevamente, se torna en un lugar de construcción de mas y nuevas preguntas, donde lo construido puede ser desarmado, re hecho y básicamente transformado.
La intervención vista desde esa perspectiva implica una necesaria generación de acontecimiento, de instalación de un espacio político que interpela en forma intensa y si se quiere despiadada a la desigualdad, a la sin razón de ésta, a hipócritas justificativos y especialmente a quienes intentan ubicarla en un marco explicatorio de una lógica neoliberal en decadencia.
La intervención, en la medida que ubique, descubra, encuentre nuevos espacios para la palabra podrá reconstituirse como una herramienta de interpelación, desde donde es posible ver lo “no visto” ocultado sistemáticamente por los fantasmas de la dominación.
La intervención reinscribe en la medida que sepa que decir, que recuperar, en definitiva que escribir en nuevos textos que marquen una orientación hacia lo propio, lo genuino, donde nuevamente lo “otro” se presenta como lugar de verdad. Reinscribe también cuando transforma las rupturas biográficas generadas por la desigualdad, la expoliación, el desencanto y la desolación, en <<contra rupturas>> de esas mismas biografías que muestran que otros caminos son posibles en la medida que sean transitados en senderos de recuperación de lo propio, la identidad, la sociabilidad perdida como producto de la opresión. Actuando en una América donde reconocemos que somos lo otro, lo innombrable, para los dispositivos de dominación.
En la medida que volvamos a hablar para nosotros mismos, recuperando la palabra y podamos definir nuevamente nuestro lenguaje, el horizonte de la intervención podrá ser una guía posible hacia un camino a recorrer.
jueves, 28 de mayo de 2020
Nuestro derecho y la postpandemia – Por E. Raúl Zaffaroni
miércoles, 27 de mayo de 2020
Los profetas del odio en la Pandemia
Los que se van en sus aviones privados escapando del
autoritarismo de la cuarentena.
Los que incitan a salir a la calle desde cómodos estudios de
televisión.
Los que protestan porque no pueden caminar en sus barrios
cerrados y clubes de campo.
Los que propalan odio.
Los que quieren ver más muertos en las estadísticas.
Los que siguen insistiendo conque el modelo a seguir son
Brasil, Chile y los EEUU.
Los que dicen, no hay que parar la economía.
Los que dicen: que mueran los más débiles.
Los que especulan políticamente con la Pandemia.
Los que hacen subir los precios.
Los que siguen talando.
Los que siguen fumigando.
Los que esconden las cosechas.
Los que guardan mercaderías esperando a que el precio suba o
para hacerlo subir.
Los que no quieren un Estado presente.
Los que hablan de libertad cuando incitan a matar y
restringieron libertades mientras estaban en el gobierno.
Los que envenenan el agua.
Los que matan sabiendo que son impunes.
Los que creen que hay una ley para ellos.
Los que les molesta el pueblo.
lunes, 18 de mayo de 2020
La pandemia, el lenguaje de la guerra y la desigualdad.
La pandemia, el lenguaje de la guerra
y la desigualdad.
El único héroe válido es el héroe
colectivo, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Héctor
Germán Oesterheld
“La metáfora consiste en dar a una
cosa el nombre de otra” .Aristóteles
El lenguaje de la guerra en la Pandemia
Desde el principio de la propagación
de la enfermedad, el lenguaje de la guerra se apropió de la Pandemia y comenzó
a otorgar una serie significados al proceso que estamos viviendo; enemigo,
guerra, armas, invasión, héroes. Las metáforas de la guerra asociadas con las
enfermedades se hicieron cotidianas.
De esa forma, a través del lenguaje
también se fue construyendo una comprensión y explicación, que muchas veces
pasa desapercibida y que lleva a una concepción punitiva de la enfermedad[1].
Es decir que se la relaciona con una especie de enemigo poderoso que, como un francotirador
invisible, asecha y genera disrupciones que alteran nuestra vida cotidiana,
pero fundamentalmente con hacer responsable individualmente a cada víctima de
lo que está ocurriendo, por descuidarse, abandonarse, no estar atento,
descontextualizando, llevando, muchas veces la explicación de su desarrollo u
origen, a la esfera de la conducta individual.
En esa forma de representación social
de lo que está ocurriendo, hay traidores, héroes, culpables, inocentes, amigos
y enemigos. Pero, especialmente ese enemigo: el virus y también quien podría
portarlo, son percibidos como algo que nos acosa y ataca de manera individual.
En esa forma de decir no hay contexto, territorio, singularidad.
En otras palabras, el lenguaje de guerra
puede impedir ver los innumerables
condicionantes y circunstancias que atraviesan al todo social, que singularizan
la enfermedad y especialmente la posibilidad de entenderla como un proceso,
como una construcción permanente, donde priman una serie de pujas que enfrentan a diferentes expresiones de
intereses políticos, económicos y sociales.
Así, el discurso de la guerra que nos
hace hablar, en este caso, de; la lucha contra la enfermedad, contra una
enfermedad que mata en un acto de
guerra, luego de invadir, atacar defensas y causar todo tipo de desórdenes. La
enfermedad, de esta manera, es vista como un ejército de microorganismos
extraños que vencen barreras, que derrotan individualidades. Así, en la
construcción de una relación donde lo que sobresale es el binomio cuerpo-
enfermedad, este, responde con sus propias defensas que son casi
inexorablemente vencidas desde lo individual. Entonces, en las metáforas de la
pandemia, el Covid19 se combate desde la primera trinchera, desde las guardias,
desde las diferentes líneas de defensa. Así, los que pelean son héroes
aplaudidos y paradojalmente rechazados en la intimidad, en sus casas, en sus
barrios, porque pueden transmitir individualmente la enfermedad. De tal forma,
ahondan las crónicas belicistas que
conllevan la idea de luchar desde el frente, atrincherarse, derrotar a un virus
tremendamente contagioso e invisible. Las metáforas de la pandemia se vinculan
con lo letal no solo en términos humanos sino también desde lo económico, lo
societario.
Como en toda guerra la degradación
llega rápido, en este caso a los enfermos, y
la militarización del discurso construyen una especie de épica que
genera el malestar y el agobio de
quienes padecen y combaten. (Sontag, S:
1996)
II La necesidad de solidaridad
“La solidaridad hace fuerte al débil” Proverbio Aymara
Los tiempos que vivimos, tal vez
comiencen a marcar una época de
responsabilidad y solidaridad, donde intentemos involucrarnos en el cuidado de la sociedad, en la preocupación
por el otro, sabiendo que estas circunstancias
nos van a beneficiar
colectivamente y también de manera
individual. El Otro, se va corriendo del
lugar del enemigo, del rival, del competidor a un espacio que el neoliberalismo
le obligó a ocupar, cómo disolvente de la sociedad, amenaza y competencia,
especialmente en el juego siniestro de la meritocracia.
Sin Sociedad no hay solidaridad
posible, solo puede existir el uso publicitario de una ayuda caritativa donde de las empresas recaudan para evadir impuestos
o mejorar su imagen. En Argentina, también sin sociedad no hay solidaridad pero,
la sociedad y la solidaridad se difuminan sin un Estado que garantice derechos.
Un Estado que, además de la libertad y de
la igualdad, fortalezca la fraternidad. Un estado que elabora junto con la Sociedad; Políticas
sociales orientadas a la integración e inclusión educación, salud, mejora en las condiciones
laborales y de seguridad.
III ¿Qué oculta el lenguaje de Guerra?
Tal vez la explicación colectiva del dolor,
del padecimiento, de la incertidumbre, del aislamiento, la imagen de cuerpos abandonados en las
calles, de las fosas comunes. Especialmente, la relación entre la Pandemia y la
desigualdad, la imagen de múltiples cuerpos
en fila ocupando pasillos de hospitales, las escenas del hacinamiento, del
riesgo de estar encerrados cuando no hay condiciones para permanecer adentro de
la casa. El lenguaje de guerra no deja ver como la Pandemia se hace cuerpo, el
momento en que cualquier sensación puede
ser interpretada como signo de padecer o portar la enfermedad, Una
enfermedad que es negada desde lo social desde la vulneración de derechos, que
puede llegar, no solo porque puede matar, sino porque reafirma la promesa de
aislamiento, de separación, de soledad, porque pone en pantallas la relación
con los otros, las despedidas, la muerte. La percepción de estar enfermo y todo
lo que ello conlleva. El dolor de saber que uno no puede cuidarse, de no llegar
al refugio del aislamiento, porque hay hambre, falta de agua o elementos de
limpieza, para poder cumplir con la recomendación que se hace desde la televisión,
la radio y los afiches. El dolor y el horror de las violencias que ya estaban
instaladas en las casas desde antes de la Pandemia. Un horror que se incrementa
en cada gesto, en la incertidumbre de la reacción, en el cuidado de las
palabras para poder sobrevivir.
El dolor de fuerzas de seguridad que
muchas veces siguen generando inseguridad y violencia.
Objetivamente no estamos en guerra,
justamente, todo lo contrario. Para poder resolver el problema, se requiere frenar la economía en vez de
acelerarla y así evitar los contagios, facilitar que la población se resguarde
y no hacer que se movilice hacia el “frente de batalla”. Defender la Sociedad,
la integración, el fortalecimiento de los lazos sociales.
En definitiva permitirnos pensar que el cuidado de la Sociedad es el
cuidado de uno mismo. Teniendo en cuenta que el cuidado es algo que se
construye en forma permanente y se adapta a las diferentes circunstancias que van surgiendo. No se trata
de una guerra, siendo para muchos una tragedia. Las guerras son mucho más
destructivas para los ganadores y los perdedores. Es una situación impensada
para la cual no estábamos preparados. Una situación que en definitiva nos habla
del inexorable retorno de lo social, de la otredad, de la cultura que durante
décadas fueron despiadadamente enterradas por la llamada economía de mercado o
Neoliberalismo. No como una victoria o una revancha de los años arrebatados por
el neoliberalismo, sino simplemente como
una necesidad.
Tal vez, los discursos de la guerra
se aproximen mucho más a la lógica de guerra de todos contra todos que impone
la Dictadura del Mercado que la realidad de una Pandemia que necesita de todos, fundamentalmente en clave
de solidaridad y no de combate.
Marcando, tal vez, una época donde el
retorno del Estado que, a partir de su
presencia activa, empieza a dar señales concretas de responsabilidad, de la
vuelta de la Protección Social, como hecho colectivo y representativo.
De la necesidad de un Estado que no
actúe con una lógica de guerra, de conflicto, de enemigos metafóricamente
construidos.
Bibliografía:
Sontag, Susan. La enfermedad y sus
metáforas. Editorial Taurus. Buenos Aires 1996.
[1]
"La concepción punitiva de la enfermedad tiene una larga historia. Es una
concepción particularmente activa en lo que atañe al cáncer [...]. Las teorías
psicológicas más aceptadas atribuyen al pobre enfermo la doble responsabilidad
de haber caído enfermo y de curarse. Y las convenciones que exigen que el
cáncer no sea una mera enfermedad sino un enemigo diabólico, hacen de él no
sólo una enfermedad mortal sino una enfermedad vergonzosa [...]. Nada hay más
punitivo que darle un significado a una enfermedad -significado que resulta
invariablemente moralista [...]. La enfermedad misma se vuelve metáfora. Luego,
en nombre de ella (es decir, usándola como metáfora) se atribuye ese horror a
otras cosas, la enfermedad se adjetiva".
Susan Sontag
La enfermedad y sus metáforas (Taurus, 1996)