«Me vine de Damasco a la Argentina en 1950, teniendo 19 años y sin saber hablar español. Comencé vendiendo virulanas, esponjitas de limpieza, sólo sabía decir "10 centavos". Nadie me entendía, ni yo a los demás. Pasé noches durmiendo en plazas y también en alguna cafetería.
Un paisano mío, de Villa Ballester, por 30 pesos me dio el fondo de un negocio. Allí vendía ollas, sartenes y jarros. Hice amistades en poco tiempo y aprendí a hablar español. Enfrente del negocio había una fábrica de frazadas.
Una noche de invierno, fría y muy lluviosa, vino un camión del Ejército con soldados. Yo me asusté. ¿Qué estará pasando?, me dije. Crucé la calle y vi a una mujer con la cara algo cubierta por el frío y bajo la lluvia.
Entonces la invité a pasar al negocio y a que tomara un café. Se acercó entonces un soldado que me pidió que me retirara. Ella le respondió al soldado:
"No, déjeme con este señor que me está hablando."
Luego la mujer me preguntó:
"¿Le gusta la Argentina?"
Le respondí que sí, que aquí había mujeres muy bonitas. Ella se rió mucho.
"¿Usted conoce a Evita y a Perón?", me preguntó.
Descubriéndose la cara, vi entonces su rostro y fue como si me hubieran tirado un baldazo de agua fría: era Eva Perón.
Le pregunté qué andaba haciendo y más en un momento como ese, con tanto frío y lluvia.
"Vengo a buscar frazadas para repartirlas entre los que más las necesitan. Voy personalmente a cada fábrica, si usted necesita alguna ayuda me viene a ver", me respondió.
Esto que comento sucedió en 1951 y a ella no se le notaba para nada su enfermedad. Tenía tanta vitalidad y tanta alegría.
El día que murió Evita fue el más triste de mi vida. En mi tierra natal el duelo fue inmenso. Los árabes amamos a la Argentina y a Evita. Evita en Arabia es gigante.»
Por Nassuh Cheij El Ard, comerciante de origen sirio radicado en la Argentina.