jueves, 2 de enero de 2025

LIBRE NAVEGACIÓN.JOSE MARIA ROSA. La entrega total de la Argentina debía completarse con la absoluta entrega de sus ríos navegables.


Era preciso renunciar a la soberanía argentina sobre ellos, porque “Dios no los ha hecho grandes
como mares para que sólo se naveguen por una familia”. Rosas había guerreado – y había triunfado – sosteniendo contra Inglaterra y Francia la soberanía argentina de los ríos. Por los tratados de 1849 y 1850, esta soberanía había sido reconocida formalmente, aunque no faltaran entre los propios argentinos corifeos de la “libre navegación” –Varela, Valentín Alsina, etc.– que sostuvieran la tesis colonial. La libre navegación de los ríos – que es decir: la renuncia a la soberanía argentina de los ríos – había sido una de las cláusulas impuestas por el Brasil en su tratado con Urquiza, y acababa de estamparla el Libertador en el Acuerdo de San Nicolás. Ahora Alberdi daba la explicación económica a este desgarramiento político: era conveniente esa libertad, para que “penetrara por los ríos la civilización europea”. Había que hacer de los ríos, mares; y mares libres, mares de “alta mar”: “Es necesario entregarlos a la ley de los mares”, clamaba renunciando a toda pretensión soberana. Que “cada afluente navegable reciba los reflejos civilizadores de la bandera de Albión: que en las márgenes del Bermejo y del Pilcomayo brillen confundidas las mismas banderas de todas partes que alegran las aguas del Támesis, río de Inglaterra y del universo”, demostrando con ello no conocer el Támesis, donde no alegra sus aguas otra bandera que la inglesa. Y demostrando ignorar el “Acta de Navegación” de Cromwell, origen del poderío marítimo inglés.




Petros Márkaris. La muerte de Ulises.

 

" Y, puesto que la política y la economía son como las uvas que maduran en el mismo racimo, junto con la situación política se torció la económica. El gobierno de Mederes había eliminado todas las barreras comerciales y aquello había contribuido a un crecimiento económico transitorio. Todo el mundo empezó a esgrimir el único argumento convincente en esas ocasiones el <<milagro>>.El único que no se lo creía era Andranik, un amigo armenio de Vasilis que tenía una pequeña manufactura de camisas en la calle Balo.-Los grandes milagros duran tres días-sentenciaba cada vez que salía el tema, meneando la cabeza con ecepticismo..."