martes, 30 de junio de 2020

Una Historia en el Café Tortoni de Buenos Aires

La historia es más o menos así.En la llamada "Década Infame". Los opositores al régimen conservador que se había instalado luego del Golpe de Estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen, solían reunirse en el Café Tortoni de Buenos Aires. Allí se discutía de política y distintos dirigentes ocupaban sus mesas de manera ordenada, cada espacio político teía informalmente su lugar. Cada tanto la policía llevaba a algunos políticos presos como una forma de coersión . Los FORJISTAS ocupaban una de las mesas más importantes y concurridas. También había socialistas, de ses grupo, el que más concurría era Alfredo Palacios. Un día, en una de esas redadas , el comisario que estaba a cargo del operativo dispuso que fuesen detenidos todos los que ocupaban la mesa de los FORJISTAS. Desde otra punta del Café, Alfredo Palacios a los gritos. le dijo al comisario: " Si se lleva a los radicales lléveme también a mi" . El comisario, asombrado lo miró y le dijo: Estimado Palacios; vuelva el Martes , hoy es Jueves y los jueves llevo a los radicales, los martes llevo a los boludos.

domingo, 21 de junio de 2020

Una historia en Buenos Aires

La historia es más o menos así: En los años setenta Vargas Llosa visitó y entrevistó a Borges en el departamento donde éste vivía , cerca de la Calle Florida. El primer comentario que vargas Llosa le hace es:  ¿cómo puede un escritor de la categoría internacional que usted tiene vivir en un espacio tan reducido y austero?. Borges le contestó que un caballero argentino, no necesita de una vivienda para demostrar quien es, e inmediatamente lo invitó a que se retire. Al día siguiente un periodista le pregunta como había sido la entrevista con Vargas Llosa. La respuesta de Borges fué, si, si...ayer me vino a ver un muchacho peruano, creo que trabaja en una inmobiliaria. 
Incluirá esta entrevista en su libro el muchacho peruano?

miércoles, 17 de junio de 2020

Modernidad, Estado, Sociedad. Una mirada desde el Trabajo Social.



Por: Alfredo Juan Manuel Carballeda
1 ¿Qué entendemos por Modernidad?
La noción de Modernidad se  presenta como una de las vías de entrada  más interesantes para  introducirnos en los orígenes de las prácticas, instituciones y  las políticas públicas tal como las conocemos ahora. A su vez desde allí es posible también acceder a  las modalidades de comprender y explicar los problemas sociales y la forma de intervenir sobre éstos en diferentes momentos históricos.
 El Trabajo Social,  es una práctica que se construye en el contexto de la Modernidad al igual que, la Psicología, la Medicina o la Pedagogía. Es en ese escenario donde podemos encontrarnos con algunos de los primeros rasgos de la intervención social, todavía precarios, primarios, pero atravesados por una concepción  de intervención que es  moderna porque indica básicamente la idea de transformar el medio, transformar al Otro, prometerle una forma de emancipación que lo hará “progresar”. Es decir,  ingresarlo en la Modernidad, hacerlo parte de la racionalidad Moderna a cualquier precio. Porque la Modernidad como práctica significa fundamentalmente transformación.
Estos temas atraviesan diferentes teorías sociales, por ejemplo para Max Weber lo moderno se construye desde  una imagen del mundo que se expresa en el  individuo  y desde allí los  valores que sustentan su acción, su racionalidad y su estructuración de la vida cotidiana
¿Qué podemos  entender por modernidad? en general, en nuestro lenguaje cotidiano utilizamos la palabra moderno para referirnos a algo nuevo, avanzado, distinto, pero, especialmente, superior en sus atributos tecnológicos, estéticos o culturales a algo semejante pero anterior en una  línea de tiempo o devenir histórico.
Esa utilización del término, no se aleja mucho de diferentes enunciaciones que nos llegan del campo de la Filosofía o las Ciencias  Sociales. Desde allí  que  existen diferentes formas de conceptualizar a  la Modernidad, en nuestro caso tomamos la definición que utiliza Jürgen Habermas  quien plantea que: “Lo moderno expresa la conciencia de una época que se relaciona con el pasado, considerándose a sí misma como el resultado de la transición de lo antiguo a lo nuevo”. Esta manera de definir  la Modernidad nos parece interesante dado que le confiere movilidad al término y aporta a la explicación de características, transformaciones, contradicciones que son inherentes a esa “conciencia de época”.  Adecuándose a las diferentes representaciones de los problemas sociales y a las maneras de actuar sobre ellos. La noción de “transición de lo antiguo a lo nuevo”  implica, entender siempre a lo nuevo (desde la perspectiva moderna) como algo que mejora lo antiguo, lo culmina, lo deja atrás, es superior. Así, la Modernidad se relaciona con la  idea de “movimiento”  (transición) que nuevamente es entendido como superador. A partir de la Modernidad, las ideas de historia, cultura, sociedad, comienzan a moverse en una transición hacia el porvenir, entendiéndolo como algo mejor, solo por estar más adelante en la secuencia cronológica del tiempo.
 De este modo el pasado, incluso lo que la Modernidad considera “pasado”, connota como algo negativo o, por lo menos retrasado y con menor posibilidad de aporte al presente. Así, por ejemplo, para el pensamiento Moderno, la América conquistada, los pueblos originarios, las pautas culturales de diferentes sectores de la población al estar fuera de la lógica Europea Occidental van a ser visibilizados como algo atrasado, salvaje, bárbaro que puede ser “mejorado”, “modernizado” a través de intervenciones de todo tipo.
 Muchas veces la conquista y la colonización han sido justificadas desde esos parámetros modernos como una forma de mejorar, modernizar aquello que se encuentra fuera de ella a través de  promesas de emancipación o libertad.
2- Las Dimensiones de la Modernidad
En general desde el Trabajo Social, especialmente para comprender y explicar, escenarios de intervención, construcción de problemas sociales, marcos teóricos, concepciones de sujeto y formas de intervenir socialmente, estudiar las diferentes dimensiones de la modernidad, aporta elementos de análisis, puntos de partida y llegada, pero fundamentalmente una forma de comprender la sociedad desde esta disciplina. De ahí que  entendemos como significativas las siguientes dimensiones de la Modernidad. Por un lado la Dimensión Social, desde la Modernidad surge la idea de sociedad que tenemos en la actualidad. Es decir una Sociedad conformada por individuos. Desde, el reconocimiento necesario de una nueva forma de individualidad que comienza a alejarse de la religión y va a construir las ideas modernas de Individuo y de Sociedad, generándose desde lo conceptual una separación entre ambas esferas.
De allí surgirá la noción de autonomía. La Sociedad Moderna será entonces será un conglomerado de individuos racionales que pactan entre sí una determinada forma de convivencia y que interrelacionan en un contexto compartido que otorga identidad y sentido de pertenencia.
A partir de estas nuevas conformaciones de lo social, surgen otras representaciones de lo que denominamos problemas sociales. La integración de lo que denominamos sociedad, su cohesión, a partir de la modernidad dependerá de los individuos y no de los dioses, como en la Antigüedad o en la Edad Media. La tensión entre integración y desintegración surge con la Modernidad. De ahí que las prácticas modernas puedan ser entendidas a partir de un fin último: resolver la problemática de la integración, tanto desde lo macro social, como desde lo micro. Tanto se intervendrá en diferentes épocas, para concretar esta nueva idea de sociedad como, para lograr que determinados individuos se integren a ella.
La dimensión Política de la Modernidad, se suele vincular con el surgimiento de los Estados Nación. Es posible ubicarlos históricamente a partir de las Ciudades Estado del norte de Italia en el período del Renacimiento luego de ellas, se conformaron los Estados (Reinos) abarcando enormes extensiones de tierra.  Las Ciudades Estado, van perdiendo peso político y económico durante el siglo XV y paulatinamente, casi todas, serán absorbidas por los Estados Monárquicos. Los estados europeos crecieron dentro del marco de la Modernidad y se fueron fortaleciendo al fin de la Edad Media y especialmente a partir de la Modernidad  naciente  en el transcurso del siglo XIV cuando  aumenta el poder de los reyes como representantes de gobiernos centralizados por encima de los Señores Feudales. De este modo surgen los estados europeos que se caracterizaban por poseer un gobierno central fuerte, capaz de imponer su autoridad sobre grandes extensiones de territorio. De este modo surgen con creciente importancia los reinos de España, Inglaterra, Francia y Portugal, enfrentándose al modelo de Estado de las ciudades-estado italianas. En el caso de España, el final del siglo XIV, trae en 1492 el inicio de la Conquista de América, pero en el mismo período la unidad territorial de la Península Ibérica bajo el Reinado de Castilla, con un fuerte Estado Monárquico, trayendo como consecuencia una unidad lingüística (el castellano) que será la lengua de la conquista, no solo de América sino de toda España. 
 También en esta dimensión (Política) de la Modernidad es posible ubicar la noción de Ciudadanía.  Si bien es posible encontrar nociones de ciudadanía en Grecia, Esparta y Roma, la idea que nos interesa trabajar de ese concepto es la que surge en la Modernidad, en las Ciudades Estado y que luego se trasladará a los Estados Monárquicos. En las diferentes Ciudades Estado había criterios diversos para  obtener el estatus de ciudadano, lo que constituía un común denominador era que, para acceder a la ciudadanía había que ser propietario. Esta limitación es importante porque, al tiempo que define un “nosotros”: los ciudadanos. Pero al mismo tiempo define a un “otro”, quien, al no corresponder que sea parte de la sociedad tampoco tendrá voz.
Esta noción de ciudadanía nos parece relevante en tanto su relación con el Trabajo Social dado que desde ella se van construyendo diferentes puntos de conflicto  relacionados con las libertades, condiciones de vida, trabajo, y situación social que, en el Siglo XVIII se transforman en base de lucha revolucionaria y en el caso de América de constitución de las Independencias. Por ejemplo la Rebelión de Tupac Amaru (1780), se relacionó con muchas de esas cuestiones.  Al igual que la rebelión de Haití de fines del siglo XVIII y el reglamento de Artigas de principios de siglo XIX, la posición de Manuel Dorrego frente a la Constitución de Rivadavia, donde se propone una idea de ciudadanía, sin diferencias sociales ni raciales y define un nosotros que incluye a los no propietarios, los esclavos, los negros, los indios, los criollos, los mestizos y a gran parte de los blancos. Los últimos doscientos años de historia podrían interpretarse como una lucha por la expansión de dicha ciudadanía que a su vez, nos llega hoy ligada a derechos que, de modo explícito o implícito dialogan con las desigualdades sociales, la Justicia Social y los Derechos Humanos.
En el campo del Trabajo Social es frecuente que se relacione el papel y la intervención de  la disciplina con la noción de ciudadanía. Norberto Alayón, por ejemplo, plantea; “los derechos a la alimentación, a la salud, a la educación, a la vivienda, entre los más importantes, deben ser considerados como bienes públicos que se deben garantizar al conjunto de la población por su mera condición ciudadana“ . Si bien otros autores de esta disciplina como Alejandra B. Facciuto, plantean que esta visión ha sido ya superada  “Si bien en una época hablar desde el concepto de ciudadanía fue un avance en materia de acción social y de política social, se considera que ahora corresponde hablar y trabajar desde un enfoque de derechos, ir más allá y tomar este concepto como forma de intervención, el cual es más abarcativo y en su seno está contemplado el concepto de ciudadano; en el primero está inmerso el segundo” .
Más allá de las diferentes posiciones frente al tema, la noción de ciudadanía que atraviesa el campo del Trabajo Social es la que se construye en el marco de la Modernidad. Esta va acompañada por la idea de Libertad, esta se define, en líneas generales  negativamente; no vínculo, no atadura, la auto legislación limita a la libertad, libertad de conciencia, religiosa, económica, de mercado, política, jurídica, individuo libre que pacta con los demás.
Otra dimensión relevante de la Modernidad, es la Económica. Las nociones de Capitalismo, Propiedad Privada, Acumulación, Eficacia, se configuran desde una perspectiva moderna, presentándose como un momento económico diferente y superador del que se tenía antes de ese período. Confiriéndole, de esta manera, al Capitalismo características generales afines a la Modernidad como: posibilidad de transformación, progreso y como una forma económica necesaria para construir un porvenir venturoso.
 El Capitalismo como sistema económico, aparece en ese contexto como sustitución del feudalismo, asociado al orden medieval a partir de un crecimiento permanente del comercio, de ahí la denominación de Capitalismo Mercantil. Ese impulso hacia el comercio y el intercambio fue  motorizado por las Cruzadas que se organizaron en Europa occidental desde el  siglo XI hasta el siglo XIII. Las travesías de aventureros y expediciones de contrabandistas de los siglos XV y XVI reforzaron estas tendencias y fomentaron el comercio entre Asia y Europa. Luego de la conquista de América, el ingreso a Europa de inmensas cantidades de metales preciosos provenientes de estas tierras, el capitalismo se solidificó y creó las bases económicas y recursos para la Revolución Industrial. El orden económico resultante de estos acontecimientos, en los inicios de la Modernidad, fue un sistema en el que predominaba lo comercial o mercantil, es decir, cuyo objetivo principal consistía en intercambiar bienes y no en producirlos. La producción será sinónimo de ésta a partir del siglo XIX con la Revolución Industrial.
La Dimensión científica y cultural de la Modernidad. En este aspecto, lo que sobresale es, la Autonomía del conocimiento, este, deja de depender de lo religioso o lo místico. El conocimiento se apoya en una nueva forma de saber que se construye  a través de la racionalidad Moderna saliéndose de la dependencia de la religión. La Modernidad separa en forma tajante, conocimiento y fe, generando las bases del método científico y la idea de ciencia que manejamos en la actualidad. Este es un proceso lento, que lleva siglos y diferentes formas de transición en distintos campos. Por otra parte, esta nueva forma de entender el conocimiento, ahora con capacidad de construir su autonomía derivó en una gran especialización y separación de éste en diferentes y complejas esferas. La aparición de saberes expertos, sistemáticos y especializados, conlleva al desarrollo de nuevas y más formas de la metodología, tanto para conocer como para intervenir en lo social. La Idea de Progreso Indefinido como valoración positiva de transformaciones y cambios atraviesa las diferentes formas de conocer, ahora desligadas de las ataduras de la religión, construyendo su propia ética, en la perspectiva de mejorar las condiciones de la Humanidad. La Modernidad implica un nuevo Reino, ahora: el de la Razón moderna. Así, por ejemplo, la historia, es la historia de la razón. Desde estas nuevas formas de saber, el mudo es un objeto de conocimiento y transformación permanente en todos sus aspectos. Lo social, también va  a estar influido por esas circunstancias, las formas de sociabilidad, el lazo social, las sociedades, los problemas sociales, la pobreza; serán objeto de investigación. La noción de desigualdad se presenta ahora en clave Moderna y es Juan J. Rousseau quien en su “Segundo Discurso Acerca de la Desigualdad”, dirá que la Sociedad genera desigualdad.
Durante los inicios de la Modernidad, especialmente durante el período Ilustrado, comienzan a construirse, también desde una óptica y lógica asociada a la racionalidad Moderna las primeras Instituciones de Intervención Social en el Virreinato del Río de la Plata. La Hermandad de la Santa Caridad , La Casa de Niños Expósitos , la Sociedad de Beneficencia , dan cuenta de una forma Moderna e Ilustrada de comprender los problemas sociales e intervenir sobre éstos.
3- Algunas Concepciones de Estado en relación con el Trabajo Social desde una mirada Americana.
Los Trabajadores Sociales desarrollamos gran parte de nuestra actividad dentro de instituciones estatales. Las posiciones que nuestra disciplina tiene con respecto al Estado es variada y compleja, existen diferentes autores y posturas frente a este tema.
Desde nuestra perspectiva, es posible ubicar la mirada hacia el  Estado desde  dos planos, en principio la singularidad que adquieren los Estados en América Latina y por otro lado, la relación entre el Estado y la Intervención del Trabajo Social. En este aspecto creemos que es sugerente el aporte de Álvaro García Linera, ya que, desde nuestro punto de vista aporta conceptualizaciones útiles en ambas direcciones .
De esta forma, es posible reconocer cuatro aspectos relevantes que marcan la singularidad de éste. Por un lado su Institucionalidad, el Estado es Institución y, a su vez una sumatoria de diferentes Instituciones desde donde por ejemplo se llevan adelante Políticas Sociales e intervenciones del Trabajo Social, es decir en este aspecto, el Estado es algo tangible, visible, material. Pero, por otra parte, el Estado también es producto de imaginarios, representaciones sociales, interpretaciones y construcciones discursivas, es decir que como plantea el autor mencionado es creencia, o sea que también está conformado por su parte ideal. Hasta aquí tendríamos dos dimensiones relevantes: Materialidad y Creencia. Ambas dialogan y se relacionan con la intervención del Trabajo Social desde diferentes aspectos, por ejemplo la representación social que una persona tenga de la Institución Estatal a la que concurre desde una demanda de intervención social, está atravesada por la materialidad de esta y viceversa. En otras palabras, ambas cuestiones condicionan las características de la intervención de nuestra disciplina, le confieren dirección y sentido. Por ejemplo: una institución estatal puede ofrecer asistencia  a través por ejemplo de un programa de salud (materialidad). Pero al mismo tiempo puede expresar con su discurso oficial, con sus modos de ofrecerla, con la accesibilidad que provoca o la calidad de las mismas si ese ciudadano la merece o no (creencia).
Otro aspecto que resalta el autor mencionado es la posibilidad de entender al Estado como un lugar de puja de poderes, de correlación de fuerzas tanto desde la Sociedad hacia él, como los juegos de poder que se dan dentro de éste. Es decir que las instituciones donde se inserta el Trabajo Social, también están atravesadas por estas cuestiones, incluso, las representaciones de los problemas sociales o de los factores que construyen la demanda de la intervención también interactúan con esa dinámica. En la intervención del Trabajo Social, por ejemplo, dentro del campo de la Salud Mental, la nueva legislación vigente en nuestro país marca una serie de tensiones entre paradigmas que muchas veces se traducen hacia el  interior de los equipos de trabajo generando pujas y discusiones que se entrometen en las prácticas.
Por último el Estado es una compleja red de jerarquías en la conducción y control de las decisiones, donde actúa como monopolio de la fuerza, es decir está a la cabeza de la toma de decisiones y allí pone en juego su legitimidad.
En síntesis, el Estado como monopolio, como correlación de fuerzas, como idealidad, como materialidad, constituyen las cuatro dimensiones que caracterizan las formas del Estado que podemos observar en la actualidad en América Latina, esas cuatro dimensiones se entrecruzan en forma intensa y sugestiva con la práctica del Trabajo Social.
4- Lo Social del Trabajo Social, que entendemos por sociedad
La sociedad, como la conocemos hoy es un producto de la Modernidad, el concepto de sociedad se construye desde una idea de totalidad que depende de los sujetos (individuos) que la conforman, como tal reemplaza a la religión se sostiene a través del contrato, el lazo y la solidaridad. Desde el punto de vista del pensamiento latinoamericano, el concepto de sociedad tiene tres componentes básicos: la relación entre los grupos, clases o sectores; las identidades culturales que dan la pertenencia a un nosotros social y el carácter de las relaciones con otras sociedades.
También es posible pensar lo social en clave de Trabajo Social en tres dimensiones que interactúan y entrelazan; por un lado lo social en términos de intervención social se constituye a través de una trama de relaciones entre sujetos, grupos y organizaciones a través de lazos sociales con expresión en lo material y lo simbólico; en segundo lugar lo social remite a diferentes dimensiones de conflictividad, desigualdades y expresiones de la problemática de la integración de la sociedad y en tercer lugar; como un conjunto de dispositivos de protección social que intentan sostener la cohesión del todo.
Para el Trabajo Social, la dicotomía individuo sociedad, generada como problema filosófico en la Modernidad, se expresa de manera especial en la intervención, es allí donde ambas nociones se entrelazan y conjugan en síntesis singulares. Lo micro social, como espacio de acción del Trabajo Social facilita ese encuentro a partir de conferir al sujeto de intervención la noción histórico social, que lo contextualiza, lo ubica en un devenir histórico y lo relaciona con un relato colectivo. En términos de intervención del Trabajo social, se es en contexto. El sujeto de intervención es un ser social identificado, está situado, ubicado en un territorio, construido y contenido a través de lazos sociales. De modo tal que lo Social en clave de Trabajo Social, constituye un cuerpo complejo de definiciones, saberes y prácticas que se articulan en las circunstancias peculiares del proceso de intervención social.

martes, 16 de junio de 2020

El lenguaje de la guerra en la Pandemia

Por Alfredo Carballeda

“El único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el héroe individual, el héroe solo”.
Héctor Germán Oesterheld
La metáfora consiste en dar a una cosa el nombre de otra”.
Aristóteles






Desde el principio de la propagación de la enfermedad, el lenguaje de la guerra se apropió de la Pandemia y comenzó a otorgar una serie de significados al proceso que estamos viviendo: enemigo, guerra, armas, invasión, héroes. Se hicieron cotidianas las metáforas de la guerra asociadas con las enfermedades.
De esa forma, a través del lenguaje también se fue construyendo una comprensión y explicación que muchas veces pasa inadvertida y que lleva a una concepción punitiva de la enfermedad, es decir que se la relaciona con una especie de enemigo poderoso que, como un francotirador invisible, asecha y genera disrupciones que alteran nuestra vida cotidiana fundamentalmente al hacer responsable individualmente a cada víctima de lo que está ocurriendo, por descuidarse, abandonarse, no estar atento; descontextualizando, llevando muchas veces la explicación de su desarrollo u origen a la esfera de la conducta individual.
En esa forma de representación social de lo que está ocurriendo hay traidores, héroes, culpables, inocentes, amigos y enemigos; pero especialmente ese enemigo: el virus y también quien podría portarlo son percibidos como algo que nos acosa y ataca de manera individual. En esa forma de decir, no hay contexto, territorio, singularidad.
En otras palabras, el lenguaje de guerra puede impedir ver los innumerables condicionantes y circunstancias que atraviesan al todo social, que singularizan la enfermedad y especialmente la posibilidad de entenderla como un proceso, como una construcción permanenteen la que priman una serie de pujas que enfrentan a diferentes expresiones de intereses políticos, económicos y sociales.
En este caso, el discurso de la guerra es el que nos hace hablar de la lucha contra la enfermedad, contra una enfermedad que mata en un acto de guerra luego de invadir, atacar defensas y causar todo tipo de desórdenes.
De esta manera, la enfermedad es vista como un ejército de microorganismos extraños que vencen barreras, que derrotan individualidades. Así, en la construcción de una relación donde lo que sobresale es el binomio cuerpo - enfermedad, éste responde con sus propias defensas, que son casi inexorablemente vencidas desde lo individual. Entonces, en las metáforas de la pandemia, el Covid19 se combate desde la primera trinchera, desde las guardias, desde las diferentes líneas de defensa. Así, los que pelean son héroes aplaudidos y paradojalmente rechazados en la intimidad, en sus casas, en sus barrios, porque pueden transmitir individualmente la enfermedad.
De tal forma ahondan las crónicas belicistas que conllevan la idea de luchar desde el frente, atrincherarse, derrotar a un virus tremendamente contagioso e invisible. Las metáforas de la pandemia se vinculan con lo letal, no sólo en términos humanos sino también desde lo económico, lo societario.
Como en toda guerra, la degradación llega rápido, en este caso a los enfermos. Y la militarización del discurso construye una especie de épica que genera el malestar y el agobio de quienes padecen y combaten (Sontag, S: 1996).
La necesidad de solidaridad
La solidaridad hace fuerte al débil”.
Proverbio Aymara
Tal vez los tiempos que vivimos comiencen a marcar una época de responsabilidad y solidaridad, en la que intentemos involucrarnos en el cuidado de la sociedad, en la preocupación por el otro, sabiendo que estas circunstancias nos van a beneficiar colectivamente y también de manera individual. El Otro se va corriendo del lugar del enemigo, del rival, del competidor, a un espacio que el neoliberalismo le obligó a ocupar como disolvente de la sociedad, amenaza y competencia, especialmente en el juego siniestro de la meritocracia.
Sin Sociedad no hay solidaridad posible, sólo puede existir el uso publicitario de una ayuda caritativa en que las empresas recaudan para evadir impuestos o mejorar su imagen. En Argentina también, sin sociedad no hay solidaridad. Pero la sociedad y la solidaridad se difuminan sin un Estado que garantice derechos, un Estado que, además de la libertad y de la igualdad, fortalezca la fraternidad. Un Estado que elabore, junto con la Sociedad, políticas sociales orientadas a la integración e inclusión, educación, salud, mejora en las condiciones laborales y de seguridad.
¿Qué oculta el lenguaje de Guerra?
Tal vez oculta la explicación colectiva del dolor, del padecimiento, de la incertidumbre, del aislamiento; la imagen de cuerpos abandonados en las calles, de las fosas comunes; especialmente, la relación entre la Pandemia y la desigualdad, la imagen de múltiples cuerpos en fila ocupando pasillos de hospitales, las escenas del hacinamiento, del riesgo de estar encerrados cuando no hay condiciones para permanecer adentro de las casas.
El lenguaje de guerra no deja ver cómo la Pandemia se hace cuerpo, el momento en que cualquier sensación puede ser interpretada como signo de padecer o portar la enfermedad, una enfermedad que es negada desde lo social, desde la vulneración de derechos, que puede afectar no sólo porque puede matar sino porque reafirma la promesa de aislamiento, de separación, de soledad. Porque pone en pantallas la relación con los otros, las despedidas, la muerte, la percepción de estar enfermo y todo lo que ello conlleva. El dolor de saber que uno no puede cuidarse, de no llegar al refugio del aislamiento porque hay hambre, falta de agua o elementos de limpieza para poder cumplir con la recomendación que se hace desde la televisión, la radio y los afiches. El dolor y el horror de las violencias que ya estaban instaladas en las casas desde antes de la Pandemia, un horror que se incrementa en cada gesto, en la incertidumbre de la reacción, en el cuidado de las palabras para poder sobrevivir. El dolor ante fuerzas de seguridad que muchas veces se reiteran en la generación de inseguridad y violencia.
Objetivamente no estamos en guerra. Justamente, todo lo contrario. Para poder resolver el problema se requiere frenar la economía en vez de acelerarla y así evitar los contagios, facilitar que la población se resguarde y no hacer que se movilice hacia el “frente de batalla”; defender la Sociedad, la integración, el fortalecimiento de los lazos sociales. En definitiva, permitirnos pensar que el cuidado de la Sociedad es el cuidado de uno mismo, teniendo en cuenta que el cuidado es algo que se construye en forma permanente y se adapta a las diferentes circunstancias que van surgiendo.
No se trata de una guerra, siendo para muchos una tragedia. Las guerras son mucho más destructivas para los ganadores y los perdedores.
Es una situación impensada para la cual no estábamos preparados, una situación que en definitiva nos habla del inexorable retorno de lo social, de la otredad, de la cultura, que fueron despiadadamente enterrados durante décadas por la llamada economía de mercado o Neoliberalismo. Esa recuperación no debe tomarse como una victoria o una revancha de los años arrebatados por el neoliberalismo, sino simplemente como una necesidad.
Tal vez los discursos de la guerra se aproximen mucho más a la lógica de confrontación de todos contra todos que impone la Dictadura del Mercado que la realidad de una Pandemia que necesita de todos, fundamentalmente en clave de solidaridad y no de combate, marcando una época en la que el retorno de un Estado, por su presencia activa, empieza a dar señales concretas de responsabilidad, de volver a la Protección Social como hecho colectivo y representativo.
Se plantea la necesidad de un Estado que no actúe con una lógica de guerra, de conflicto, de enemigos metafóricamente construidos.
Bibliografía
- Sontag, Susan. "La enfermedad y sus metáforas". Editorial Taurus. Buenos Aires 1996.
Mayo de 2020