La pandemia, el lenguaje de la guerra
y la desigualdad.
El único héroe válido es el héroe
colectivo, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Héctor
Germán Oesterheld
“La metáfora consiste en dar a una
cosa el nombre de otra” .Aristóteles
El lenguaje de la guerra en la Pandemia
Desde el principio de la propagación
de la enfermedad, el lenguaje de la guerra se apropió de la Pandemia y comenzó
a otorgar una serie significados al proceso que estamos viviendo; enemigo,
guerra, armas, invasión, héroes. Las metáforas de la guerra asociadas con las
enfermedades se hicieron cotidianas.
De esa forma, a través del lenguaje
también se fue construyendo una comprensión y explicación, que muchas veces
pasa desapercibida y que lleva a una concepción punitiva de la enfermedad[1].
Es decir que se la relaciona con una especie de enemigo poderoso que, como un francotirador
invisible, asecha y genera disrupciones que alteran nuestra vida cotidiana,
pero fundamentalmente con hacer responsable individualmente a cada víctima de
lo que está ocurriendo, por descuidarse, abandonarse, no estar atento,
descontextualizando, llevando, muchas veces la explicación de su desarrollo u
origen, a la esfera de la conducta individual.
En esa forma de representación social
de lo que está ocurriendo, hay traidores, héroes, culpables, inocentes, amigos
y enemigos. Pero, especialmente ese enemigo: el virus y también quien podría
portarlo, son percibidos como algo que nos acosa y ataca de manera individual.
En esa forma de decir no hay contexto, territorio, singularidad.
En otras palabras, el lenguaje de guerra
puede impedir ver los innumerables
condicionantes y circunstancias que atraviesan al todo social, que singularizan
la enfermedad y especialmente la posibilidad de entenderla como un proceso,
como una construcción permanente, donde priman una serie de pujas que enfrentan a diferentes expresiones de
intereses políticos, económicos y sociales.
Así, el discurso de la guerra que nos
hace hablar, en este caso, de; la lucha contra la enfermedad, contra una
enfermedad que mata en un acto de
guerra, luego de invadir, atacar defensas y causar todo tipo de desórdenes. La
enfermedad, de esta manera, es vista como un ejército de microorganismos
extraños que vencen barreras, que derrotan individualidades. Así, en la
construcción de una relación donde lo que sobresale es el binomio cuerpo-
enfermedad, este, responde con sus propias defensas que son casi
inexorablemente vencidas desde lo individual. Entonces, en las metáforas de la
pandemia, el Covid19 se combate desde la primera trinchera, desde las guardias,
desde las diferentes líneas de defensa. Así, los que pelean son héroes
aplaudidos y paradojalmente rechazados en la intimidad, en sus casas, en sus
barrios, porque pueden transmitir individualmente la enfermedad. De tal forma,
ahondan las crónicas belicistas que
conllevan la idea de luchar desde el frente, atrincherarse, derrotar a un virus
tremendamente contagioso e invisible. Las metáforas de la pandemia se vinculan
con lo letal no solo en términos humanos sino también desde lo económico, lo
societario.
Como en toda guerra la degradación
llega rápido, en este caso a los enfermos, y
la militarización del discurso construyen una especie de épica que
genera el malestar y el agobio de
quienes padecen y combaten. (Sontag, S:
1996)
II La necesidad de solidaridad
“La solidaridad hace fuerte al débil” Proverbio Aymara
Los tiempos que vivimos, tal vez
comiencen a marcar una época de
responsabilidad y solidaridad, donde intentemos involucrarnos en el cuidado de la sociedad, en la preocupación
por el otro, sabiendo que estas circunstancias
nos van a beneficiar
colectivamente y también de manera
individual. El Otro, se va corriendo del
lugar del enemigo, del rival, del competidor a un espacio que el neoliberalismo
le obligó a ocupar, cómo disolvente de la sociedad, amenaza y competencia,
especialmente en el juego siniestro de la meritocracia.
Sin Sociedad no hay solidaridad
posible, solo puede existir el uso publicitario de una ayuda caritativa donde de las empresas recaudan para evadir impuestos
o mejorar su imagen. En Argentina, también sin sociedad no hay solidaridad pero,
la sociedad y la solidaridad se difuminan sin un Estado que garantice derechos.
Un Estado que, además de la libertad y de
la igualdad, fortalezca la fraternidad. Un estado que elabora junto con la Sociedad; Políticas
sociales orientadas a la integración e inclusión educación, salud, mejora en las condiciones
laborales y de seguridad.
III ¿Qué oculta el lenguaje de Guerra?
Tal vez la explicación colectiva del dolor,
del padecimiento, de la incertidumbre, del aislamiento, la imagen de cuerpos abandonados en las
calles, de las fosas comunes. Especialmente, la relación entre la Pandemia y la
desigualdad, la imagen de múltiples cuerpos
en fila ocupando pasillos de hospitales, las escenas del hacinamiento, del
riesgo de estar encerrados cuando no hay condiciones para permanecer adentro de
la casa. El lenguaje de guerra no deja ver como la Pandemia se hace cuerpo, el
momento en que cualquier sensación puede
ser interpretada como signo de padecer o portar la enfermedad, Una
enfermedad que es negada desde lo social desde la vulneración de derechos, que
puede llegar, no solo porque puede matar, sino porque reafirma la promesa de
aislamiento, de separación, de soledad, porque pone en pantallas la relación
con los otros, las despedidas, la muerte. La percepción de estar enfermo y todo
lo que ello conlleva. El dolor de saber que uno no puede cuidarse, de no llegar
al refugio del aislamiento, porque hay hambre, falta de agua o elementos de
limpieza, para poder cumplir con la recomendación que se hace desde la televisión,
la radio y los afiches. El dolor y el horror de las violencias que ya estaban
instaladas en las casas desde antes de la Pandemia. Un horror que se incrementa
en cada gesto, en la incertidumbre de la reacción, en el cuidado de las
palabras para poder sobrevivir.
El dolor de fuerzas de seguridad que
muchas veces siguen generando inseguridad y violencia.
Objetivamente no estamos en guerra,
justamente, todo lo contrario. Para poder resolver el problema, se requiere frenar la economía en vez de
acelerarla y así evitar los contagios, facilitar que la población se resguarde
y no hacer que se movilice hacia el “frente de batalla”. Defender la Sociedad,
la integración, el fortalecimiento de los lazos sociales.
En definitiva permitirnos pensar que el cuidado de la Sociedad es el
cuidado de uno mismo. Teniendo en cuenta que el cuidado es algo que se
construye en forma permanente y se adapta a las diferentes circunstancias que van surgiendo. No se trata
de una guerra, siendo para muchos una tragedia. Las guerras son mucho más
destructivas para los ganadores y los perdedores. Es una situación impensada
para la cual no estábamos preparados. Una situación que en definitiva nos habla
del inexorable retorno de lo social, de la otredad, de la cultura que durante
décadas fueron despiadadamente enterradas por la llamada economía de mercado o
Neoliberalismo. No como una victoria o una revancha de los años arrebatados por
el neoliberalismo, sino simplemente como
una necesidad.
Tal vez, los discursos de la guerra
se aproximen mucho más a la lógica de guerra de todos contra todos que impone
la Dictadura del Mercado que la realidad de una Pandemia que necesita de todos, fundamentalmente en clave
de solidaridad y no de combate.
Marcando, tal vez, una época donde el
retorno del Estado que, a partir de su
presencia activa, empieza a dar señales concretas de responsabilidad, de la
vuelta de la Protección Social, como hecho colectivo y representativo.
De la necesidad de un Estado que no
actúe con una lógica de guerra, de conflicto, de enemigos metafóricamente
construidos.
Bibliografía:
Sontag, Susan. La enfermedad y sus
metáforas. Editorial Taurus. Buenos Aires 1996.
[1]
"La concepción punitiva de la enfermedad tiene una larga historia. Es una
concepción particularmente activa en lo que atañe al cáncer [...]. Las teorías
psicológicas más aceptadas atribuyen al pobre enfermo la doble responsabilidad
de haber caído enfermo y de curarse. Y las convenciones que exigen que el
cáncer no sea una mera enfermedad sino un enemigo diabólico, hacen de él no
sólo una enfermedad mortal sino una enfermedad vergonzosa [...]. Nada hay más
punitivo que darle un significado a una enfermedad -significado que resulta
invariablemente moralista [...]. La enfermedad misma se vuelve metáfora. Luego,
en nombre de ella (es decir, usándola como metáfora) se atribuye ese horror a
otras cosas, la enfermedad se adjetiva".
Susan Sontag
La enfermedad y sus metáforas (Taurus, 1996)
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