martes, 13 de julio de 2021

Una mirada al clima de época en el que nos sorprende una Pandemia.

Por: Alfredo J. M. Carballeda

La Pandemia emerge en un mundo donde persiste el neoliberalismo, allí, éste se resiste a ceder a sus principios y bases fundamentales. Construyendo, de esta manera, una lógica que como una posesión maliciosa se apodera de subjetividades y cuerpos e, incrementa la construcción de una forma de cultura individualista que fragmenta aún más la sociedad.
Lo social queda relegado, no solo olvidado, o desatendido, sino que es presentado como un enemigo de la libertad individual, como un paso al totalitarismo. El todo, lo colectivo, el conjunto es mostrado como un peligro. Esto ocurre trágicamente, en los momentos donde la cohesión social se presenta como vital y necesaria para la sobrevivencia, para afrontar las vicisitudes del presente y especialmente, poder seguir soñando un futuro.
Ese lugar de lo social, donde somos más que individuos que se suman o productores económicos que interactúan, ese espacio que nos contextualiza, que nos construye en la pertenencia, en la identidad en el lazo, se encuentra fuertemente agredido y menospreciado desde antes de la aparición de la Pandemia.
Y, pareciera que ésta, acrecienta estas características. Así, la Pandemia, se padece aún más cuando el lazo social está perdido o fragmentado, cuando se pierde la noción de comunidad. La Pandemia se sufre y duele en un mundo fundamentalmente desigual.
Mientras tanto, los voceros de la desazón, como mercaderes de odio, gritan a favor de una idea de libertad que solo beneficia a los mercados y a los poderosos, cuyo único resultado es la generación de mayor desigualdad.
El bien común es nombrado como enemigo de la sociedad, como una forma de totalitarismo, de coerción. De esta manera, todo acto, institución, dispositivo que proteja a la Sociedad se transforma en sospechoso. Algunos, festejan las calamidades, niegan las protecciones, suman muertes como victorias y apuestan al triunfo de la desazón. Insisten y afirman la idea de que la búsqueda de propósitos compartidos es falsa y nostálgica. Construyen formas de protestas, quemando barbijos, gritando una especie de rebelión cuyo único enemigo es la condición humana. Reclaman desde actos que buscan arrancar a la subjetividad, a la singularidad, del todo social, generando individuos arrancados, aislados, perdidos en el abandono, la exclusión o el hedonismo. Su bandera es la muerte y desde allí evocan a los fascismos.
Pareciera que la Pandemia no se trata solo de virus, sino de un mundo que se desgarra, de una civilización que exhibe su máximo poder de destrucción, como un tumor que se fue desarrollando lentamente a través del tiempo alimentándose por masacres, racismo y codicia y que ya no puede ocultar si visibilidad.
De este modo, la reparación de lo colectivo, de lo social se presenta como un camino necesario y, tal vez único. Donde la Otredad sea protagonista, allí cuando se recobra la solidaridad y se pueda recuperar la integración perdida, el futuro y la condición humana quizás logren tener otra valoración , una que se salga del autoritarismo de las “leyes” de mercado.

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