Resumen:
El Consumo
Problemático de Sustancias se presenta en este contexto en un escenario donde
pujan las restricciones a la ciudadanía y los derechos subjetivos. La pérdida
de espacios de socialización, muestran dificultades de diversa índole que van
desde la fragmentación de la vida cotidiana hasta la complejidad para acceder a
formas constructivas de la pertenencia y la identidad. El Consumo problemático,
en tanto padecimiento, se convierte en una expresión del desencanto frente a un
mundo fragmentado y sin sentido. Estas cuestiones son observables desde
diferentes aspectos que van desde el sentido del cuerpo, donde se inscribe una
nueva forma de la biopolítica, hasta la aparición de problemáticas sociales
complejas que integran desde el sufrimiento las parcelaciones institucionales
que dejó como huella la crisis de los últimos años. Se es adolescente en una
sociedad que puja por ser adolescente, especialmente en el mundo de los
adultos. El discurso predominante referido a las drogas reafirma su “capacidad
destructiva” aumentándose la carga simbólica y tal vez transformándola en algo
deseable en escenografías y guiones de la vida cotidiana donde todo parece
fluir sin sentido. Desde esa potencialidad de destrucción se analiza el
fenómeno del consumo de drogas desde determinismos centrados en las viejas
metáforas médico - biológicas de la relación causa efecto.
1- El escenario
El escenario es la
sociedad. Una sociedad atravesada por relaciones violentas, fundada en nuevas
formas de intimidación, en un contrato que intenta ser elaborado por quienes
ganaron las batallas que llevaron a la gran contienda fundacional, poniendo el
acento en la meritocracia. Una sociedad atravesada por relaciones de fuerza,
que muchas veces se develan a partir de las metáforas bélicas que utiliza para
nombrar problemas y acciones sobre ellos. Nuevamente los jóvenes son
acorralados, ahora con lógicas más represivas, publicitarias y voluntaristas.
Se está donde la voluntad individual hizo que uno esté. No hay sociedad
responsable, la derrota es culpa solo del individuo que ingresa en un mundo
donde no se le avisó que el deber formaba parte de las reglas del juego.
La violencia de la
desigualdad, el desempleo y la vigencia del Mercado como Leviatán, en tanto
monstruo necesario para mantener el orden de la restricción de los derechos de
quienes, en diferentes grados precarizan su relación con el. La entrega de la
soberanía individual al mercado, exponerse a leyes que este genera y declama
justas por un propio discurso de legitimidad, fue planteado como resolución
única de la conflictividad. En un gobierno de corporaciones, CEOS y gerentes.
El mercado disciplina, se entromete en la vida cotidiana, otorga un
<<sentido>> a las relaciones sociales que, desde lo efímero,
generan solo una mayor necesidad de saciar vacíos, dando momentáneamente una
sensación de identidad, de pertenencia, que se hace “real” cuando la
adquisición de un objeto de consumo es posible.
Contenciones efímeras
al fin que, para saciar el vacío que producen requieren de nuevas adquisiciones
o el fracaso cotidiano de la aplicación de las fórmulas de auto ayuda.
Así, el sujeto es solo
individuo precario, temporal; donde se obtura su posibilidad de ser en su
relación con otros.
Una sociedad, donde la
recuperación del pasado desde lo trágico, pero también desde lo beneficioso
está volviendo lentamente, tal vez, comenzando a construir nuevas formas de la
verdad, por fuera de los discursos únicos.
Una sociedad donde el
porvenir vuelve a transitar una ruta opacada por la incertidumbre y la falta de
convicciones que permitan pensar en proyectos de futuro en forma colectiva.
El escenario del
Consumo Problemático de Sustancias, en tanto sociedad, da cuenta de
fragmentaciones recientes, y también de una puja heroica para resolver las
rupturas, en la búsqueda constante de una totalidad perdida luego de años de
disoluciones que remiten a las pujas de la fundación de nuestra sociedad.
En definitiva
fragmentaciones manchadas de sangre y silencio que van desde el terrorismo de
estado hasta los desaparecidos sociales. Alteradas hoy por persecuciones
judiciales, presiones, escuchas que no hacen más que deteriorar el valor de la
ley. Construyendo nuevas formas de subjetividad, donde el Otro se ratifica como
competidor, ausente u objeto.
Una sociedad donde la
precariedad, la falta de certidumbre con respecto al futuro y las diferentes
fragmentaciones del lazo social construyen padecimientos que son poco visibles
y aún no han sido clasificados en los manuales que intentan dar cuenta de las
características enciclopédicas del dolor.
Una sociedad donde los
lazos sociales deteriorados generan la angustia expresada en
<<ese>> dolor que como un fantasma se transforma en inexplicable e
irreconocible tanto para unos como otros. El dolor de la identidad construida
en forma frágil, inestable, fugaz. El padecimiento, de la falta de espacios de
socialización y de construcción de sentidos que conecten al sujeto con el todo.
Constituyen la puesta en escena en un teatro donde los guiones cambian en forma
abrupta y dejan a muchos de los actores sin palabras, sin voz. La fragmentación
social, se padece y dialoga, a veces, con el consumo problemático generando una
forma hipócrita de certeza y pertenencia, que , no hace más que repetir la
lógica de la economía de mercado,
Un escenario donde los
derechos subjetivos se imponen desde lo mediático, pero el ejercicio de éstos,
su acceso, se restringe desde las “capacidades” que otorga el dinero. Donde los
derechos se despojan de responsabilidad y quedan acotados en el lugar del consumidor.
El desencanto de la
“jaula de hierro”, profetizada por Max Weber, tal vez cumplida en parte,
pareciera que anula las posibilidades de reconstrucción, reparación, o
recuperación de ese lazo social perdido.
El mundo de los
derechos subjetivos que se enfrenta a las restricciones de los derechos
sociales, cuando su pérdida inicia un camino inexorable hacia la restricción de
los derechos civiles.
En estos contextos aún
así, la identidad se continúa construyendo desde probablemente uniones
desconocidas, aún no vistas, que se presentan como terreno a develar; que
conectan a cada uno de los integrantes de esta sociedad con una cultura de la
resistencia y la integración.
El Consumo
Problemático de sustancias puede ser una forma de expresión del desencanto en
ese contexto, escenario. De un malestar que aleja, separa al sujeto de los
otros de su cultura, de los elementos constitutivos de la identidad.
2- La adolescencia
Una sociedad
adolescente donde una “etapa” de la vida se transforma en valor en si mismo,
como un objeto de consumo para ser adquirido por adultos que lo logran gracias
a su inserción en el mercado. Se es adolescente a costa de ropas informales; de
marcas, de cuerpos trabajados en gimnasios, de cirugías, de actitudes
<<transgresoras>>, de dietas. Mientras que los jóvenes
<adolescentes> poseen cada vez más restricciones en su circulación;
inserción e inscripción social.
Una sociedad donde los
ancianos no son tenidos en cuenta por su sabiduría experiencia o conocimiento,
sino por lograr permanecer como jóvenes de cuerpo y espíritu.
Se vive en una
paradoja de una sociedad de adultos disfrazados de jóvenes que ocultan a éstos
o los exhiben a su lado como trofeos que irradian lo que no se tiene.
La sociedad se
convierte en adolescente, una especie de estilo de vida que exalta la
adolescencia, la juventud, mientras estas, se ven encerradas en los circuitos
de consumo, para pertenecer, hace falta obtener productos “simbólicos” que día
a día se desactualizan. La necesidad de acceder a consumos emblemáticos, es una
forma frágil y economicista de construir lazo social, solidaridad y
pertenencia. Esta sensación de puro presente, da cuenta de la necesidad de
resolver todo en lo inmediato, en un contexto de precariedad y exclusión
social. Las ciudadanías de los jóvenes, se transforman en recortadas, flexibles
inestables y efímeras. De este modo, se naturaliza la exclusión social, se
crean nuevas formas de estigmatización y ser joven en la sociedad adolescente,
puede ser peligroso. Tanto desde lo cotidiano, como en relación al consumo de
drogas sus efectos y sospechas. “Cuidar a los jóvenes de las drogas”; surge
muchas veces como discurso de adultos que exacerba su carga simbólica De este
modo las hacen mas atrayentes, necesarias, transformando a la sustancia
<<droga>> en un objeto de dominación, no por el efecto de ésta sino
por las relaciones sociales y explicaciones socioculturales que genera la
hipocresía de una sociedad que impone una gestión de los riesgos y de una
supuesta peligrosidad depositada en una franja de edades o características
sociales.
Las drogas, de este
modo, se transforman en nuevos elementos de control y disciplinamiento
especialmente desde el hipócrita discurso del cuidado y el tratamiento. Se
refuerza de esta manera, la estigmatización naturalizándola, generando nuevas
formas de la fragmentación.
Se considera a los
consumidores como jóvenes, con potencial adictivo y delincuencial habitando un
espacio de “guerra natural”, sin reglas y sin ley que solo se resuelve con un
sistema hobbesiano de tratamiento, donde la entrega de la soberanía es clave
fundamental, actuando como extorsión para quienes reconocen su problema y
desean ingresar a un sistema de tratamiento.
Así la asociación
drogas – juventud, es presentada, muchas veces, desde un fatalismo donde la
única resolución es el control de determinadas poblaciones con una serie de
características enumeradas por expertos y manuales internacionales.
Las drogas se siguen
pensando desde el discurso médico, como si fueran bacterias o virus que
ingresan a la sociedad y generan adictos por mero contacto o contagio. El
consumo problemático aún se presenta explicada desde relaciones causales,
unívocas, determinadas desde donde se construye un fatalismo que impide la
acción o resalta la inviabilidad de determinadas poblaciones. Se sigue pensando
que hay adictos porque hay drogas, mientras se vive en una sociedad donde todo
consumo es exaltado para llenar las mismas ausencias que el mercado produce.
Contradictoriamente,
esta sociedad que se define como adolescente, forma parte de un país y un
continente donde la exclusión social se orienta hacia los jóvenes, donde las
cárceles bajan año tras año el promedio de edad. La sociedad adolescente,
demanda cada vez mayores sistemas de control hacia éstos, ratificándose el
discurso que marca una idea de joven deteriorado, sin horizontes. Tal vez sean
los jóvenes los que estén construyendo con la precariedad de las herramientas
que les proporcionaron, un mundo donde el pasado y el presente se integran en
los escenarios de la incertidumbre.
3-El Connsumo
Problemático de Sustancias
El consumo
problemático, en tanto padecimiento, se transforma de alguna manera en una
expresión del desencanto, en una civilización que desde los inicios de la
modernidad comenzó lentamente a apropiarse del planeta, transformado lo
diferente en homogéneo o en desigualdades sociales.
Es, desde esta
perspectiva construida como problema social a partir de una necesidad de
etiquetas y diagnósticos. Desde la ética protestante comienzan a demonizarse
las sustancias, para luego construir diablos en quienes las usan o dependen de
ellas. Así cada época construyó diferentes tipologías de drogadictos, desviados,
viciosos, anormales, desde rasgos físicos, atribuciones e identidades
supuestas.
Como complejo
sociocultural, el consumo problemático muestra el sistema de trasgresiones que
dialoga con esta época.
Así, desde una
perspectiva histórica, las drogas serán más o menos importantes de acuerdo a
las características de ese sistema y del complejo tutelar para abordar el
problema.
La reafirmación de la
“capacidad destructiva” de la sustancia, se centra en el temor a las
poblaciones que podrían estar usándola. El consumo problemático, en tanto
construcción social, logra poner en marcha un deseo, transformado en mito, que
se vuelve insaciable, que todo lo malgasta, construyendo un mundo donde la
satisfacción nunca es definitiva. Condensándola, llevando la metáfora a lo
real, el mundo que occidente construyó alrededor del consumo y los objetos. En
definitiva, hoy, objetos, productos que se hacen necesarios para sobrellevar
mejor un presente cargado de perplejidad.
El goce, el placer, el
encanto de los objetos está, tal vez, en que detienen momentáneamente la
sensación del sufrimiento, colmando un vacío que se hace más profundo en la
medida en que se llena.
A su vez, ésta, se
complementa con la “necesidad” de la trasgresión, la trasgresión es en
definitiva funcional a una sociedad que necesita permanentemente ratificar el
lugar de lo “sano” y de lo “enfermo”. Así como en la era Victoriana, la
prostitución era una trasgresión “necesaria” debido a la represión sexual de
los cuerpos y el deseo. El consumo de drogas actúa como excusa para imponer
coerciones, siendo la coerción la negación misma de la subjetividad y la
imposición de otra, preconstruida, artificial “necesaria” a los diferentes
órdenes vigentes en la historia.
El Consumo
Problemático, como problema social se inscribe en los cuerpos, se muestra a
través de marcas que muestran diferentes itinerarios y procedencias, cuerpos de
la pobreza, de la estética cuidada, cuerpos del encierro, cuerpos que muestran
trayectorias, cuerpos donde el padecimiento subjetivo se hace objetivo a través
de cortes y señales.
Por otra parte, el
abordaje del tema muchas veces se sigue pensando desde las relaciones causales,
a partir de prácticas discursivas que lo preceden y que se remontan a viejos
postulados positivistas enraizados en las ciencias naturales, ratificando
determinismos, haciendo que el tratamiento se transforme en un sin sentido.
Coincidiendo que la noción de problema social surge con los saberes de la
normalización.
4- La Intervención
Pensar el Consumo
Problemático desde los derechos sociales y civiles, tal vez sea una vía de
entrada para discutir la relación entre este tema y la autonomía perdida a
partir de la merma, de los derechos sociales. Desnaturalizando de este modo,
las lógicas de la desigualdad. En este aspecto este tema dialoga en forma
intensa con la intervención, con el sentido de ésta desde numerosas formas de
interpelación. Así la intervención requiere de un diálogo con la ética, desde
una perspectiva de <<deliberación>>, en tanto reflexión, revisando
los argumentos que la justifican y que la sostienen. La reflexión, en tanto
deliberación hace responsable a la intervención y ratifica o no su propia
autonomía. Una reflexión ética implica la revisión de los marcos conceptuales,
los esquemas de justificación, la mirada a la influencia de las
representaciones sociales, los mandatos, las creencias, las construcciones
simbólicas de ésta.
En definitiva, los
interrogantes convergen en dilucidar, ¿Cuál es el sentido de la intervención en
este tema?; ¿cómo hacer que esta se integre a un contexto de crisis e
incertidumbre?; ¿cómo lograr intervenciones que se orienten estratégicamente a
recuperar lo propio?, la cultura, la identidad, la soberanía <en tanto
autonomía> de ese otro. Tal vez una posibilidad de respuesta sea la mirada
hacia nuestra propia historia, en términos de generar otras preguntas
relacionadas con lo que nuestra sociedad perdió en las últimas décadas,
reflexionando acerca de las capacidades y habilidades perdidas por las
desigualdades sociales, el hambre, la injusticia. ¿Cuánto de todo esto se está
en condiciones de ser recuperado? Y, básicamente como pensar intervenciones que
estratégicamente se orienten a una perspectiva de futuro dentro de un proyecto
colectivo.
Bibliografía
Heler, Mario. Ciencia
Incierta. Editorial Biblos . Buenos Aires. 2004
Sissa, Julia. El
Placer y el Mal. Ediccioditorial Manantial. Buenos Aires 1999.
Author's work. Acrylic. canvas. 40×60 cm. "Twilight"

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