No se pudo, desde luego, acabar con un pueblo íntegro en esa masacre continua de criollos que va de 1861 a 1877 (de Pavón a la conquista definitiva del desierto), la página más negra de nuestra auténtica historia.
Pero aquello que quedó, no contaría como “clase”. Los hijos de Martín Fierro y del
sargento Cruz, serían educados en las escuelas de Sarmiento a despreciar a sus padres por bandoleros, y buscar el perdón de su pecado original amoldándose mansamente a los dueños del cepo, los contingentes y la partida.
Aquel Viejo Vizcacha, “gaucho renegado”, con un “empaque a lo toro”, que “vivía en los bañados” y “mató a la mujer de un palo / porque le dio un mate frío” (caricatura cruel de Sarmiento, inexplicablemente inadvertida por los comentaristas del Martín Fierro) era “el señor, que debería darles educación” a los hijos del gaucho perseguido y calumniado. Educación que consistía en aceptar mansamente la derrota “el que gana su comida /güeno es que en silencio coma” o medrar con la protección de los poderosos en esa Argentina que ya no era de ellos (“hacete amigo del juez / no le des de qué quejarse / y cuando él quiere enojarse / vos te debés encoger”).
El pueblo criollo, reducido a los Vizcachas acomodados o los Picardías malandrines, ya no contó en la sociedad. La libertad de comercio del 53 trajo la invasión de
manufacturas inglesas que significó el cierre de los talleres artesanales protegidos hasta entonces por la política aduanera de Rosas; los carreteros y troperos quedaron eliminados o poco menos por la competencia desigual del ferrocarril; desaparecieron –¡milagros del crédito hipotecario y la usura rural! – las “suertes” de pequeñas propiedades de los tiempos de Rosas, como también el régimen de aparcería de los arrendamientos pastoriles. Y poco a poco los rezagos de la población criolla, los nietos de los forjadores de la Conquista, los hijos de los héroes de la Independencia, los bravos de la Restauración, se refugiaron a malvivir en el ocio de las orillas de las ciudades como una masa extranjera en la tierra que había sido de sus mayores. Allí – repito palabras de Scalabrini Ortiz – “con frases capciosas sus virtudes fueron tergiversadas en vicios; su valor en compadrada; su estoicismo en insensibilidad; su altivez en cerrilidad”. Ya no fueron un problema político: solamente de policía y de cárceles.
Cumplía se el ideal de Caseros: una Argentina donde una clase “educada y racional”
fuera todo el país. No quedaban masas populares con sus absurdas reivindicaciones, temibles montoneras o incómodos caudillos. Lo quisieron, invocando a la Constitución triunfante, los intelectuales del 52: Alberdi lo había enseñado en sus Bases (“Hemos de componer la población para el sistema de gobierno, no el sistema de gobierno para la población... necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces para la libertad”), y Sarmiento advertido en sus sinceros – y hoy olvidados con prudencia – Comentarios a la Constitución (“Son las clases educadas las que necesitan una Constitución que asegure sus libertades de acción y de pensamiento. Una Constitución no es para todos los hombres: la Constitución de las clases populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad”.
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