1- Algunas Coordenadas posibles para pensar los nuevos escenarios de Intervención Social.
El crecimiento exponencial de la desigualdad y sus consecuencias
inevitables hoy trasciende las
estadísticas y la mayoría de los datos cuantitativos, se inscribe en la
subjetividad colectiva e interpela a prácticas e instituciones de manera
diferente y urgente. La incertidumbre, en el terreno del día a día, se impone como una nueva forma de
colapso del futuro. La promoción social ascendente, que diferenciaba a nuestro
país del resto de las naciones de América, se transforma en una utopía o
resabio del pasado, todas estas transformaciones se expresan en una sociedad
que comienza a sentir los golpes de un programa económico, cuyos comunes denominadores son; la crueldad, una especie de goce detrás del
padecimiento del Otro, los discursos de odio y la eliminación de diferentes
maneras de la disidencia.
Por otra parte, los efectos de la Pandemia tanto desde
sus aspectos objetivos y medibles, por ejemplo en relación a la distribución de
la riqueza, son evidentes. Pero también comienzan a visibilizarse en la construcción de una forma de subjetividad
que generó, por lo menos discursivamente, una tensión más en nuestra sociedad;
esta vez entre incluidos y excluidos, donde se responsabilizó a los primeros de
manera global de los padecimientos de los segundos, exculpando de una forma
astuta y falaz a quienes se enriquecieron y construyeron más formas de
desigualdad y dolor.
Aún no conocemos de forma sistemática y científica las
diferentes influencias de ese
acontecimiento en el padecimiento subjetivo pero, se hace indiscutible la
influencia de lo social en el mismo. A su vez, se constituyó una nueva manera
de digitalización de la vida cotidiana, con diversos lenguajes, donde la
cotidianeidad se hace pública, expuesta, observada, un espacio- imagen donde se
es admirado u odiado. El desarrollo de redes sociales construyó nuevos
discursos, una forma de lenguaje que pareciera le cuesta articular,
relacionar, sumergirse en el territorio,
o meramente transitarlo. La velocidad de la Red, fundamentalmente, nos impide
visibilizar el contexto, lo colectivo.
Las subjetividades arrasadas que venían siéndolo desde
antes de la Pandemia, se contextualizan ahora con un mayor nivel de complejidad,
poniéndose en cuestión el traspaso de pautas culturales, la transmisión del
legado simbólico, y un encuentro con el Otro que cada vez parece más signado
por diferentes formas de violencia.
La persecución mediática, política y judicial a
dirigentes políticos y de organizaciones sociales, van construyendo y
ratificando una sociedad violenta donde el discurso, la palabra, el lenguaje,
no construyen con facilidad formas de articulación y vinculación. Se
complementa en la construcción de una sociedad donde el Estado
se hace cada día más presente en forma de gendarme y ausente en su faceta de
protección social.
A su vez, la alteración de la estructura de la vida
cotidiana, el necesario desarrollo de estrategias de sobrevivencia que se van
adecuando según cambios repentinos,
complican todo sistema de comunicación y programación en diferentes aspectos,
familiares, referenciales o institucionales. Así, la fragmentación social tiene
más elementos para crecer y el lazo social se debilita, perdiendo su
posibilidad de construcción de comunidad, construyendo un escenario donde se
ponen en tensión la dignidad y la sobrevivencia.
El éxito como sinónimo de adquisición de bienes, sumado
al temor a caer en la exclusión social, construye formas de subjetividad y
padecimiento que se asientan en un crecimiento de la inseguridad social y la
desprotección. En contextos donde la
única salida que se propone pasa por la meritocracia. De esta manera, las sociedades que habitamos se dividen en
“ganadores” y “perdedores”, estos, lo son por su por su “propio esfuerzo”, así los “perdedores”
son los responsables individualmente del lugar que ocupan en la sociedad,
negándose la posibilidad de pensar condicionantes económicos, políticos y
sociales y, consecuentemente de respuestas de índole colectiva. Las sociedades
que construyen su razón de ser en el éxito y la obtención de bienes, ingresan
en la paradoja en la cual, el cumplimiento de ese mandato se hace cada vez más
difícil y frustrante no consumarlo.
La crisis de la Ley a partir de una “deslegitimación” del
Poder Judicial, orada las perspectivas de responsabilidad de toda una sociedad,
se asemeja a algunas definiciones de “guerra”; como un espacio social donde no
hay normas ni certezas. Pero también genera una fuerte disrupción en el terreno
de la responsabilidad, que se expresa especialmente en el cuidado del todo
social.
Un mundo alterado a partir de guerras que crecen en forma constante, aproximando la posibilidad de uso de armas nucleares, la alteración sostenida durante décadas del equilibrio ecológico, el desarrollo de políticas extractivistas con forma de depredación, nos llevan a diferentes escenarios de catástrofe, de orden bélico o ambiental.
2- Nuevas formas del Padecimiento Subjetivo: Las sociedades de la desolación, la frustración y la incertidumbre.
“En la Sociedad de la decepción,
mientras los mayores se visten con desenfado y no quieren envejecer, los
jóvenes adultos juegan a ser niños en los parques temáticos, van en patineta y
compran ositos de peluche”
Gilles Lipovetsky. La sociedad de la
decepción
La
fragmentación de la sociedad, se vincula con el desmoronamiento de la noción de
semejante, sumada a una disrupción en el sistema de creencias, la incertidumbre
se padece, se expresa en diferentes
formas de demanda que muchas veces van más allá de teorías y formatos de
intervención pensadas para otros contextos históricos, culturales y sociales.
Tal
vez, la imposición violenta de sentido común a través de los medios de
comunicación, al igual que en la Dictadura Cívico Militar, genere más
aislamiento y situaciones de desolación que se instalan en la esfera de la vida
cotidiana a partir de un trasfondo de “libertad” que solo puede ejercer el
Mercado, así una falsa fuerza de autonomía
se transforma en padecimiento, donde quedamos presos de nuestra propia
libertad. Una libertad cada vez más violenta, donde la explotación de uno mismo
se presenta como eficiente y posible para sobrevivir y quedar por encima de los demás, construyendo una especie
de ascenso social por “merito propio”, basado en la voluntad individual y el
“autocontrol”. Pero, cuando esto no se logra, las explicaciones transcurren
por el racismo, la xenofobia, y la
“corrupción”.
En
camino hacia una sociedad donde el orden autoritario se impone a través de
economistas que actúan como profetas que muchas veces justifican la violencia
de la desigualdad, el hambre y la disolución del lazo social. La precariedad
del empleo, su informalidad, la degradación, marcan más formas de desigualdad y
competencia en escenarios donde las aspiraciones se tornan cada vez más
materiales, a través de la pulsión a acceder a bienes que poseen un carácter
simbólico que se va intensificando. Así se construyen otras formas de
frustración y búsquedas de reconocimiento y afirmación de uno mismo de manera
individual y a través de objetos, en un estado de insuficiencia eterna.
La
frustración también se construye en América desde la inferiorización de quienes
habitamos este lugar del mundo, desde argumentos de superioridad racial,
civilizatoria o cultural, nos marcan nuestras limitaciones y posibilidades.
A
su vez, en nuestras sociedades la lógica de mercado, de la competencia, de la
sobrevivencia del más fuerte, nos obliga a “estar bien”, a acomodar gestos,
rostros y corporalidades a ese mandato, bajo el riesgo de no sobrevivir, ser
excluidos, perder el trabajo o la inserción en diferentes grupos de referencia.
En
síntesis, nos encontramos frente a escenarios complejos, con problemáticas
sociales complejas que nos atraviesan, impactando en diferentes esferas, tanto
en las Instituciones, las prácticas y esencialmente en la construcción de
nuevas formas de padecimiento.

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