Dentro de una civilización que se autodestruye a través de guerras, bloqueos económicos y crecimiento de la desigualdad, lentamente la pérdida de derechos sociales se va naturalizando. Se los cede pasivamente de la misma manera que los esclavos que retornaban a la “tranquilidad” de la casas, plantaciones, minas de las que se a veces, algunos, escapaban, en en sociedades donde el pensamiento hegemónico entendía esa fuga como una especie de enfermedad mental o del alma.
La desigualdad es tan acuciante que, tener trabajo precarizado o informal, se transforma en una dolorosa certeza que es transitada con una alegría evangélica, religiosa. La incertidumbre, cómo si esta fuera una orden, plan o designio de Dios, genera a veces hilaridad, mientras desde las diferentes pantallas, redes sociales, se incita al odio se justifica nuestro propio saqueo, se miente, se engaña.
El siglo de las noticias falsas y las certezas construidas desde el engaño, avanza construyendo su propia destrucción. Crece en una cultura donde la preocupación pasa más por los envases que por lo que ellos contienen, reafirmando desde allí la creencia en una felicidad efímera y prefabricada, sin futuro, que obliga, como requisito casi indispensable, el aceptar la falta de certezas, la muerte de la sociedad, de lo colectivo, de la historia.
Una cultura, donde se nos invita a aplastar con una sonrisa a quienes se interponen en un camino que no sabemos donde los lleva, mirando la vida de otros a través de pantallas de celulares y otros dispositivos, desde un goce que va desde la muestra obscena del dolor y la violencia hasta a la codicia de los famosos, creyendo que estamos allí, almorzando o cenando con la señora o su nieta desde nuestras casas, cada vez más sombrías y saqueadas, adaptándonos a la desigualdad, sosteniendo que esta es necesaria, como una especie de inmolación sacrificial, donde no importan las vidas que se pierdan o los sufrimientos que se generen.
Mucho más preocupados por la inseguridad, pidiendo penas severas, como si ese camino fuese una resolución, envidiando a los banqueros, empresarios y financistas que roban y explotan, soñando, a través de la meritocracia en vidas que nunca tendremos pero, que podremos disfrutar en las televisión.
Tal vez, la salida, el escape, la rebelión a estas formas de dominación, solo dependa de nosotros como colectivo que hace aparecer la memoria, siempre latente, nunca bloqueada, expectante.
Una memoria que parece esperar, ansiosamente, su oportunidad de despertar o, que quizás esté estratégicamente esperando el momento adecuado.
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