lunes, 10 de octubre de 2022

Los riesgos del mérito; Por Alfredo J. M. Carballeda

Desde que el neoliberalismo nos fuera impuesto a través de dictaduras militares, represiones, terrorismos de estado, mediático y económico, una contracara sutil, que actúa aún como una forma de escape, también fue cautelosamente enunciada y se entrometió en nuestra vida cotidiana: La lógica del mérito.

De esta forma se construyó  una subjetividad que naturalizó las desigualdades, llevándolas al terreno de lo individual, logrando que gran parte de nuestras sociedades las acepte como un fenómeno donde cada individuo sería el único responsable de la situación que atraviesa.

Por otro lado, quienes se beneficiaron de las diferentes depredaciones económicas financieras, desde el mérito se consideran superiores y legítimos propietarios de los productos del saqueo, logrando a su vez que gran parte de las mayorías perjudicadas por éstos se perciban como responsables de su situación de exclusión, precariedad e informalidad.

Desde el discurso meritocrático, sigilosamente se viene legitimando la desigualdad desde hace décadas, logrando éste un doble resultado; el desprecio por quienes no ocupan los lugares privilegiados de la sociedad y la sensación de humillación de quienes quedaron fuera de éstos.
Este discurso del “mérito” logró obviar y negar cualquier tipo de argumentación relacionada con los factores históricos, económicos, políticos y sociales que constituyen la realidad de nuestras sociedades y que, indefectiblemente atraviesan y se inscriben nuestras trayectorias individuales.
De esta manera mérito individual, como atributo, logró construir gran parte de las sociedades distópicas que vivimos en la actualidad, consiguiendo que aceptemos, como parte de nuestra responsabilidad individual, la existencia de un mundo donde la desigualdad llega a situaciones y circunstancias que nunca hubiésemos imaginado.
Los “ganadores”, los que salieron triunfantes luego de la depredación que muchos de ellos cometieron, se muestran codiciosos y soberbios ostentando sus logros. La sociedad, se divide entonces en “superiores” e “inferiores” donde el único motor posible para estar en uno u otro lugar, pasaría por la voluntad individual, despreciándose lo colectivo, lo solidario, el bien común, como obstáculos para la “realización personal”.
Los “perdedores” cargan con la culpa de su derrota y muchas veces la trasladan a la Política o, a la otredad que se presenta como una amenaza que recorta los caminos y las posibilidades.
Así, el mercado desde lo objetivo y subjetivamente somete a la sociedad a través de la falacia de la libertad y la competencia, sumada a una exaltación absurda de la existencia de una supuesta “igualdad de oportunidades”.
El mercado, también logra ponerle obstáculos a la Política inoculándola con la lógica del costo beneficio, la imagen y la corrección. De esta forma, la Política queda atrapada por la economía retraduciendo los ideales de transformación en “mejoras” que son presentadas como indefectiblemente producto de derrames que se generan a partir de un mayor enriquecimiento de quienes más tienen.
Sus ideales de transformación son obturados por esas barreras, así, lo político es sinónimo de gestión, sin estrategias, sin ideales, sin transformaciones. Se trataría sencillamente que, se generen, desde una buena administración “mejoras en los indicadores económicos” mayor estabilidad, garantizando la tranquilidad de los mercados, quienes actúan como un espantoso Leviatán que cada día exige más sacrificios.
Cuando la Política propone otros caminos, relacionados con la redistribución, la igualdad de posiciones, los Derechos Sociales, la Justicia Social, La Solidaridad; es rápidamente calificada de ineficaz, corrupta, etc.
La meritocracia no solo se presenta como una salida, absurda y falsa, por cierto, sino como un sostén fundamental, clave e irremediable para el sostenimiento de un mundo que se auto destruye generando más rapiña y desigualdad.
Un mundo donde crecen de manera inevitable el hedonismo y la insatisfacción, el malestar, la desigualdad y, como consecuencia de ésta última la humillación de los más débiles, de los que no llegaron, de las cada vez más grandes mayorías.
Una civilización que fomenta de diferentes maneras la violencia y la destrucción que le dio sentido desde sus orígenes.
Como ya sabemos en América, la resolución es colectiva, donde la pregunta acerca del nosotros está mucho antes que la del yo.
May be an image of text


5

No hay comentarios:

Publicar un comentario